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LA COLUMNA DE LA SEMANA

El desafío inflacionario

¿Alguien, sensatamente, imaginó que las consecuencias de doce años de despilfarro y corrupción quedarían atrás en solo ocho meses de administración ordenada, aunque no del todo racional?
Sí. Lo imaginamos todos. Por esa manía de los argentinos de considerar que la “salvación” siempre queda a la vuelta de la esquina.
La palabra, por sí misma, define. No se trata del esfuerzo, ni de la capacitación, sino del golpe de suerte. Ese que a veces, muy contadas veces, se da, como cuando el mercado internacional catapultó el precio de la soja a casi 650 dólares la tonelada.
Fue con el kirchnerismo. Por aquel entonces, el “yuyo” de Cristina Kirchner trepó hasta ese valor inusitado y transformó al campo argentino que pasó de cierto grado de diversificación de cultivos a un cuasi monocultivo sojero, en aquellas zonas cuyas condiciones climáticas satisfacen las demandas de la oleaginosa.
Y los argentinos tiramos manteca al techo ¿Para qué ahorrar? ¿Para qué crear un fondo anticíclico que nos ayude cuando la tendencia se invierta, como se invirtió? ¿Por qué no gastar sin pudor para conformar a los exitistas argentinos que suelen votar con el bolsillo?
Los Kirchner fueron el espejo de un populismo primitivo que desembocó, como suelen hacer todos los populismos, en una corrupción generalizada. Pero, frente a los Kirchner no se paró la ciudadanía. Por el contrario, los acompañó mayoritariamente, mientras la soja aguantó.
Fue recién cuando el precio internacional del “yuyo” se redujo a menos de la mitad cuando los argentinos recordamos que la corrupción es un delito y que la dilapidación y la mala administración conducen a la ruina.
Se trata de verdades de Perogrullo pero vaya a saber uno por qué los argentinos nos empecinamos en olvidarlas.
Muchas son las explicaciones que fueron ensayadas desde que la Argentina perdió aquel destino manifiesto de “granero del mundo” acuñado a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, hasta la gran depresión de 1929.
Pero, sin dudas, aquel destino manifiesto de “grandeza” que los argentinos nos auto adjudicamos nos lleva a imaginar que, pase lo que pase, siempre vamos a salir a flote, en poco tiempo y con mínimo costo.
Es por aquello que los que peinamos canas por acumulación de años escuchábamos de nuestros mayores cuando estábamos en edad escolar: “con una buena cosecha cualquier crisis se supera y el país sale adelante”.
Ni las buenas cosechas, ni los estratosféricos precios internacionales de la soja derivaron esta vez en la “salvación”. Sí, claro, por un lado reptaba la corrupción, pero por el otro campeaba el mal gobierno. Las decisiones tomadas en contra de la producción, de la inversión, del trabajo, de la educación, la pérdida del autoabastecimiento de petróleo y de gas, etcétera.
Con sus más y con sus menos, lo anterior conforma un diagnóstico sobre el que la mayor parte de los argentinos coincide. A tal punto, que deposita confianza en un gobierno que no logra encontrar –al menos, de momento- la salida para iniciar una senda de crecimiento.

Segundo semestre
Pero corre serios riesgos de sufrir debilidad a medida que los meses se consumen ¿Por qué? ¿Acaso alguien puede creer que en solo 8 meses se da vuelta una historia de, cuando menos, 12 años?
Seguro que no. Pero los argentinos solemos no tener paciencia. Y, entonces, hasta el Gobierno busca alternativas que, en muchos casos, se asemejan al populismo que es necesario desterrar de una vez por todas.
Hoy, el gasto público en la Argentina es casi tan alto como con el kirchnerismo. Lejos están de ser alcanzadas las metas fiscales. Cierto es que la cosecha fina –trigo y cebada- de fin de año será importante, muy importante. Sin dudas con esa buena perspectiva ingresarán divisas al país, pero no servirán de mucho para sanear el déficit fiscal.
Es que no debe olvidarse que, en gran medida, la buena cosecha fina –si el clima acompaña, claro- se deberá a la eliminación de las retenciones que desincentivaban la siembra. Ahora, las retenciones no están; la siembra es importante –el cálculo de superficie arroja un millón de hectáreas más que el año pasado- pero a la Tesorería no ingresa nada.
Aquí vale la pena hacer un alto. Si como se dijo a la Tesorería no ingresa nada, al Banco Central, en cambio, van a parar la totalidad de las divisas provenientes de la exportación con la consiguiente mejora de las reservas.
Y también vale la pena hacer un alto para desmitificar esa media mentira, media verdad de que el campo no crea empleo. Es que es cierto que, producto de la mecanización, hoy el campo genera pocos puestos de trabajo directos. Pero es innumerable la cantidad de puestos en la investigación, la industria y los servicios que oscilan al compás de la demanda del campo.
Así, desde sucursales bancarias y aseguradoras, pasando por la metalmecánica del acero y el aluminio, siguiendo por las industrias de maquinaria agrícola y de vehículos pesados, continuando por las proveedoras de semillas, sin olvidar la investigación científica aplicada en materia de genética, fertilizantes, herbicidas, etcétera que mueven las industrias químicas.
Si el dinero de la cosecha fina comenzará a ingresar en el último bimestre del año, no será acompañado por la concreción de las inversiones que sí es dable esperar para tiempos venideros.
A diferencia del período anterior, anuncios hay. Sin ir más lejos, la automotriz Renault acaba de anunciar que con una inversión de 600 millones de dólares estará en condiciones de producir pick-ups –chatas en lenguaje chacarero- que compitan con las Toyota, las Volkswagen, las Chevrolet y las Ford.
Por su lado, el laboratorio Pfizer de origen estadounidense comprometió una inversión de 300 millones de dólares.
No es poca cosa, pero es insuficiente para hablar de un relanzamiento.
De allí que resultará clave, el éxito o el fracaso del blanqueo en sus dos versiones. Por un lado, el total que registre finalmente la AFIP. De ese total, la Tesorería saldrá beneficiada por cuanto incrementará la recaudación. ¿En cuánto? Depende del total.
Distinto será el otro resultado, el de los capitales que, beneficiándose con el blanqueo, retornen al país.
Es que, según el grado de optimismo de los cálculos, el dinero de argentinos radicado fuera de las fronteras –que tribute o que no lo haga- totaliza entre 375 mil millones y 450 mil millones de dólares.
Difícil aguardar una “lluvia” de inversiones extranjeras si los argentinos no ingresan al país a sus propios capitales.
De allí que el éxito del blanqueo y sobre todo del retorno de capitales servirán para medir la confianza en el Gobierno. No será la única medición, pero no deja de ser muy importante.

Dilema
Por tanto, la verdadera medición que hará el mundo de la confiabilidad de la Argentina será el resultado electoral del 2017.
Allí se verá si los argentinos hemos decidido ingresar seriamente al conjunto de naciones o si preferimos las aventuras políticas que siempre terminan mal.
Internacionalmente no será un test sobre el gobierno, sino un test sobre el país.
Nadie ignora en el mundo nuestros defectos y nuestras virtudes. Nadie cree en los reciclajes oportunistas de muchísimos políticos que hace algunos años cantaron el himno nacional cuando votaron el default.
Cuánto aquí vendieron como una decisión soberana, consistió no honrar las deudas. Deudas que tampoco se honraron cuando el país –soja mediante- florecía.
Todo eso lleva a la desconfianza. En particular, cuando muchos de los que hoy intentan reciclarse en el universo peronista fueron entusiastas apoyos, por no decir amanuenses de Cristina Kirchner.
El Gobierno nacional ya reparó que la realidad es bastante más dura de lo previsto. Que las inversiones no llegan masivamente. Que el blanqueo está por verse. Que los precios de los granos y las oleaginosas, en Chicago, no hacen otra cosa que bajar.
De allí que hayamos ingresado en un nuevo período al que podríamos denominar como el semestre de la contención.
Contener, en particular, a todos aquellos que pueden poner en peligro la gobernabilidad. Aquí, el alerta no pasa por el kirchnerismo, ni por las alharacas de Esteche, el “jefe” del grupo de choque Quebracho, antes a sueldo de la ex SIDE.
El problema radica en los municipios del Gran Buenos Aires y en particular en las organizaciones sociales, algunas de las cuales como la Corriente Clasista y Combativa nunca se vendió al kirchnerismo.
Como se dijo, el Gobierno no desatiende el problema. Por el contrario, la ayuda social es superior a la que se brindaba. Entre otras cosas, porque no existen vueltos como existían entonces.
Pero, más allá, de la necesaria contención para los sectores con mayor vulnerabilidad, dicha ayuda representa gasto público. Y el gasto público no compensado con ingresos, es déficit fiscal que se atiende con emisión monetaria. Ergo, es inflación.
La experiencia de las tarifas fue traumática. Además de los errores en materia de la aplicación de los incrementos, es imposible dejar de contabilizar las marchas atrás del Gobierno.
Da toda la sensación que el Gobierno improvisa cuando le toca reparar el desastre que significó el faltante de energía eléctrica, la pérdida del autoabastecimiento gasífero y petrolero y el pago de altísimos precios por el gas importado.
La suma de la suspensión de los incrementos tarifarios, por un lado, y la fórmula casi de tarifa plana por la que finalmente optó el Gobierno, representan menores ingresos frente a un déficit, energético y presupuestario, que no se achica.
Es por tanto un panorama complejo. O el Gobierno profundiza el ajuste para intentar frenar la inflación lo antes posible. O continúa con una política de contención social que le asegura una relativa paz social junto con una más lenta e incierta disminución de la variable inflacionaria.

Política
Bajo estas circunstancias, resolver qué hacer no resulta sencillo. Sobre todo si se tiene en cuenta que dentro de un año y un poco más se llevarán a cabo las elecciones legislativas de medio tiempo.
Muchos de los integrantes del Gobierno parecen intentar soslayar el dilema para lanzarse de lleno en un terreno donde no son del todo duchos. El de la alquimia política.
Así se ven gobernadores que se acercan a Cambiemos. Y se ven, también, intendentes, en particular de la provincia de Buenos Aires, que se pasan o parecen a punto de hacerlo.
Se trata claro de gobernadores e intendentes de origen peronista, habituados a respaldarse en el poder y para los cuales, la oposición es un ejercicio extraño.
Cierto es que con esos gobernadores y esos intendentes, el gobierno de Cambiemos –nacional y provincial bonaerense- deben convivir durante el período de gobierno del presidente Macri.
Pero entre convivir y reclutar la diferencia salta la vista. No se trata de poner límites ideológicos, sino de imaginar la reacción de los votantes.
No será del todo fácil para los votantes tucumanos de Cambiemos, aceptar una más que convivencia con el gobernador Juan Manzur, ex ministro de Cristina Kirchner, sobreseído en primera instancia por la estafa del Plan Qunita.
No será fácil para los votantes de Cambiemos, menos aún para los dirigentes y militantes, aceptar a intendentes bonaerenses como Mario Ishii, Alejandro Granados, Ismael Pasaglia, Hernán Bertellys o el propio Joaquín de la Torre, futuro ministro de Producción.
El gran interrogante radica en saber si la incorporación de electos peronistas sirve o no sirve frente a la elección del año próximo. A ojo de buen cubero se puede llegar a la conclusión de que no estamos frente a una maniobra política brillante.
Es harto probable que si el gobierno de Mauricio Macri recupera el crecimiento a finales de este año o en los primeros meses del próximo, las incorporaciones no aporten nada. Y otro tanto ocurre si al Gobierno le va mal, porque fácil es deducir, con pocas probabilidades de equivocación que, en ese caso, todos vuelven a la oposición.
Queda, claro, a favor del Gobierno, el avance de las investigaciones que día a día revelan el grado de corrupción.
Debe contabilizarse como un activo que, en todo caso, debe llamar a la abstención a los “aprendices de brujo” que tiene en su seno. No se trata de analizar la conveniencia de mantener libre a Cristina Kirchner porque, de esa manera, el peronismo va dividido a las urnas.
Se trata de la necesidad que la administración más corrupta de la historia argentina no se repita “nunca más”. No es una necesidad política, sino ética. Cristina Kirchner y sus adláteres deben ir presos para que los argentinos abandonemos el relativismo moral en que caímos.

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