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MIRADA ECONÓMICA

Dolarización y confianza: una analogía con el mundo de la pareja

El debate empezó el viernes en Twitter, cuando comenté que la AFIP había restringido los montos aprobados para dólar ahorro, luego de las paso.
Un usuario de la red social tuiteó: “¿Comprar dólares no es instalar desconfianza en la moneda y la economía nacional? Es como un auto-boicot”.
Primero se me ocurrió contestar por el absurdo; sostuve que con ese criterio comprar pollo sería instalar la desconfianza en la carne, pero como aparentemente la analogía no lograba su efecto, decidí probar con una medicina más simple de digerir.
Explique entonces que la confianza era algo endógeno, que ocurría no por un acto de mera voluntad sino que era el resultado de un comportamiento, algo que se ganaba o perdía, como ocurre con la credibilidad en la pareja.
¿Pensaría usted que se pude edificar la confianza en el otro, prohibiéndole que salga, revisándole el Facebook o censurando las visitas a los amigos? ¿Verdad que no?
¿Por qué entonces se le ocurre a alguien que puede reconstruirse la confianza en el peso prohibiéndole a la gente que compre dólares?
En cierto sentido lo mismo ocurre con el proteccionismo que se hace sin que exista un plan de desarrollo de una alternativa local de calidad. Se nos fuerza a comprar un producto de segunda, como si de tanto comer paleta sandwichera, la gente acabara prefiriéndola por encima del jamón.
Pero volvamos a la analogía. Si mi pareja está flirteando con un compañero de oficina o recibe mensajes de texto sospechosos, no se me cruzaría por la cabeza pedirle que abandone el empleo y venda el celular. Interpretaría sus coqueteos como una señal de que algo no está funcionando en la relación y buscaría recuperar el interés en el vínculo, cambiando actitudes y convirtiendo lo que tengo para ofrecer en algo atractivo para el otro.
Salvo que tenga la desgracia de salir con una psicópata que disfruta de manipular a la gente que la rodea, no pensaría que sus conductas son las responsables del deterioro de nuestra historia, más bien tendería a razonar que es exactamente al revés; que los problemas internos son los que están devaluando las perspectivas de continuar a mi lado y alimentan la tentación del engaño.
Con la moneda doméstica ocurre algo similar; no es que los argentinos tengamos un fetiche particular con el dólar, que nos dé un placer especial acariciar a Washington. Lo mismo daría si en vez de billetes norteamericanos se pudieran comprar libremente euros o yenes; la gente buscaría esas monedas extranjeras para proteger sus ahorros, porque lo que está ocurriendo en realidad es que primero perdimos la confianza en el peso y queremos abandonarlo a toda costa.
La pregunta del millón es entonces: ¿qué ocurrió para que pasara eso? ¿Por qué somos infieles a nuestra divisa y buscamos consuelo en cualquier hombro de otro signo? ¿Siempre fue así?

Algunas respuestas
Permítame sugerir la respuesta con otra pregunta: ¿ahorraría usted en cubos de hielo en el medio del desierto? ¿Cierto que no? ¿Me prestaría 1.000 pesos si me comprometo a devolverle el año próximo $750? Probablemente tampoco.
Argentina tuvo una moneda estable hasta el año 1944, y desde entonces ha sufrido sistemáticamente episodios de alta inflación que han diluido los ahorros de la población. Durante los diez años de Gobierno del general Perón la moneda perdió el 85% de su capacidad adquisitiva y como eso no le ocasionó prácticamente ningún costo político, los sucesivos gobiernos repitieron luego el abuso hasta la década del 90.
Para empeorar el asunto, durante buena parte de ese tiempo, las tasas de interés estuvieron reguladas en niveles artificialmente bajos, a diferencia de lo que sucedía en países limítrofes como Brasil, donde por más que había inflación convenía ahorrar en la moneda local porque el interés de los depósitos compensaba la depreciación monetaria.
Hubo dos períodos sin embargo, en los que tuvimos estabilidad monetaria y por la baja inflación, el ahorro en pesos resultó una opción muy atractiva; la Convertibilidad y casi todo el Gobierno de Néstor Kirchner
En esos lapsos la gente no buscaba refugio en el dólar. Al contrario; las reservas crecían vertiginosamente porque las personas se desprendían de los dólares y querían pesos.
Entonces la mejor manera de recuperar la confianza en la moneda nacional pasa por lograr que la gente vuela a encontrar interesante al peso y que aun teniendo la opción de comprar dólares libremente, prefiera quedarse en papeles argentinos.
Para ello, es preciso pulverizar la inflación y evitar a toda costa las apreciaciones artificiales de la moneda (el dólar barato) porque todos sabemos que siempre, sin excepción alguna, cada vez que se mantuvo un peso fuerte con anabólicos, sobrevino una devaluación.
No será tarea fácil. Siempre es más fácil destruir la confianza que volver a construirla, pero cada vez que empieza un nuevo gobierno, como el hincha que vuelve a creer en su equipo al comienzo del campeonato, incluso cuando no tenga razones objetivas para hacerlo, la gente renueva las esperanzas y apuesta por la credibilidad.
Sin moneda no hay soberanía económica y se perpetúa el subdesarrollo. Pero la moneda no se elige por decreto, sino porque una comunidad comparte la creencia de que su valor se sostendrá en el tiempo. <

(*) El autor es economista, profesor de la UNLP y la Unnoba, investigador del Instituto de Integración Latinoamericana (IIL) e investigador visitante del Centro de Estudios Distributivos Laborales y Sociales (Cedlas).

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