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MIRADA ECONÓMICA

El mito de la razón vs. la emoción

En “Pensar rápido, pensar despacio”, Daniel Kahneman, distingue entre dos canales de toma de decisiones; el sistema 1, que funciona de manera no deliberativa, casi automática, cuando hay que optar entre alternativas repetitivas y poco relevantes, y el sistema 2 que toma las riendas cuando lo que está en juego es más importante y amerita algún análisis un poco más elaborado.
Aunque muchos tomaron esta disquisición del padre de la Economía del Comportamiento, como una confirmación de que muchas veces actuamos de manera impulsiva, la verdad es que la creencia de que las emociones y la razón son dos mecanismos disociados que compiten por el control de nuestros actos, es absolutamente errada.
La desmitificación corrió por cuenta del neurólogo portugués Antonio Damasio, que descubrió que en realidad las emociones son una parte fundamental del proceso de decisiones racionales, puesto que sirven para colorear las experiencias, asignándoles valor y permitiendo que sopesemos los costos y beneficios de las distintas opciones.
En su libro “El error de Descartes”, Damasio cuenta el caso de un obrero de ferrocarriles que en septiembre de 1848 sufrió un accidente cuando preparaba una carga explosiva con una barra metálica que producto de la detonación acabó entrando por su ojo izquierdo y perforó el cerebro, afectando severamente la corteza prefrontal ventro medial.
Aunque Phineas Gage sobrevivió milagrosamente al accidente, conservando intactas la mayoría de sus capacidades cognitivas, no podía tomar ninguna decisión. Comprendía perfectamente las consecuencias de sus actos, pero no podía elegir.
El neurocientífico del Instituto Tecnológico de California, Antonio Rangel, comprobó unos años más tarde y mediante estudios de resonancia magnética funcional, que en esa área del cerebro que se había lesionado en el accidente de Gage, las emociones modulan las percepciones de costos y beneficios de las distintas opciones en un proceso de decisión.

Intensa Mente
Un planteo similar aparece en la última película de los estudios Pixar, Intensa Mente, en la que los personajes son las cinco emociones básicas que controlan nuestras decisiones. Alegría, Tristeza, Ira, Miedo y Asco no solo se combinan y trabajan en equipo sino que tiñen con su impronta cada uno de los recuerdos que acaban alojados en la memoria de largo plazo y que serán obviamente consultados para estimar las ventajas y desventajas de las distintas alternativas que se contraponen en cada elección.
La película no es un delirio de ciencia ficción, sino que incluso cuenta con el asesoramiento académico del doctor Paul Ekman, probablemente el científico que más sabe sobre emociones en el mundo entero.
Antonio Damasio postulaba que las emociones que experimentábamos en nuestras experiencias, funcionaban como marcadores somáticos; verdaderas pistas emocionales que son las responsables no solo de que recordemos lo importante y olvidemos lo intrascendente, sino que resultan fundamentales a la hora del recuerdo, puesto que cuando nuestra mente evoca las experiencias del pasado, las memorias vienen cargadas con esas emociones, haciendo que el pasado “se sienta” corporalmente en el presente.
En ese sentido, Ernesto Sábato sostenía varios años antes de que estas investigaciones vieran la luz, que “el hombre primero siente el mundo y luego cavila sobre el mundo”, en un claro indicio de que no es posible pensar ni decidir si las emociones no nos ayudan primero a valorar lo que nos pasa.
Por eso incluso cuando no somos consciente de las razones objetivas que nos inclinan a optar por una determinada alternativa y atribuimos el curso de acción a la intuición o al poder de una corazonada, son en realidad las emociones que resumen como vectores un rico conjunto de información, las que inclinan la balanza ponderando las alternativas.

Reprimiendo emociones

Sin perjuicio de ello, muchas veces nos vemos tentados de proceder de una determinada manera y necesitamos controlar de algún modo el impulso emocional considerando las consecuencias de largo plazo de nuestras elecciones.
Entra en juego la corteza pre frontal dorso lateral, que es el área del cerebro encargada del control del impulso y la planificación.
El economista Todd Hare, de la Universidad de Zurich, descubrió mediante estudios de neuroimagen, que esa área del cerebro se activaba cuando las personas postergaban gratificaciones instantáneas, priorizando beneficios de largo plazo, como ocurre con el ahorro o las dietas. Más aún, en esos casos la corteza pre frontal dorso lateral se activa conjuntamente con la corteza pre frontal ventro medial, que era la encargada de valuar las opciones, ayudada por las emociones.
De algún modo, entonces, podemos decir que la corteza pre frontal dorso lateral reprime la carga emocional asociada a los beneficios instantáneos, permitiendo que las decisiones se tomen en base a consideraciones sobre las consecuencias de largo plazo.
Se le atribuye al matemático Blaise Pascal haber dicho que “”El corazón tiene razones que la razón no entiende” y puede que estuviera en lo cierto, en el sentido de que las emociones ponderan el valor de las opciones de un modo automático y no producto de una actividad deliberativa consciente.
Pero el proceso de elegir entre opciones alternativas, en la economía, la política y la vida familiar, es siempre un trabajo conjunto de la razón y las emociones.

(*) El autor es economista, profesor de la UNLP y la Unnoba, investigador del Instituto de Integración Latinoamericana (IIL) e investigador visitante del Centro de Estudios Distributivos Laborales y Sociales (Cedlas).

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