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ENFOQUE

El carro delante del caballo

Mientras la ganadería argentina no logra recomponer las fuertes pérdidas que sufrió entre 2007 y 2011, que la llevaron a achicar su rodeo entre 11 y 12 millones de cabezas, las autoridades se empeñan en someterla a nuevas cargas y costos, en lugar de liberar primero la producción.
Así, al reciente dato sobre la desaparición de 33.000 establecimientos ganaderos en la última década, dado por el especialista Ignacio Iriarte, y a las malas referencias sobre las  últimas pariciones, producto tanto de la baja alimentación (ya que no compensa suplementar), como de los problemas climáticos, incluida la última crecida del Paraná que provocó gran mortandad de hacienda general, y en especial de terneros que no lograron sobrevivir, se agregan los excesos hídricos en muchas zonas ganaderas donde llueve, prácticamente, desde febrero pasado, llevando a la pérdida tanto de campo natural como de pasturas.
De este modo y con una exportación de carne vacuna que se estima no llegará este año a las 200.000 toneladas, apenas por encima del piso de 2001 cuando a causa de la aftosa se cerraron la mayoría de los mercados mundiales para la carne argentina, la noticia sobre la imposición de un “chip” a todos los vacunos del país y, para colmo, a cargo de la AFIP, y no del organismo sanitario (SENASA) como sería lo lógico suena, al menos, fuera de lugar, a destiempo o, absolutamente contradictoria.
La idea no es nueva y dista de ser original. Ya en los ’90 se había avanzado sobre ese asunto aunque en aquel momento la propuesta era netamente productiva.
Los principales mercados, entre ellos la Unión Europea, avanzaban rápidamente en el sentido de la “trazabilidad”, para lo cual era imprescindible instrumentar un sistema que permitiera la identificación de la hacienda a lo largo de cada etapa.
El máximo era llegar a saber de qué potrero había salido el corte que se encontraba en el plato, estuviera este en China, Europa, o Brasil.
En medio, los controles sanitarios recibirían también un gran aporte que permitiría ajustar una serie de variables. Tanta era la ventaja, ya que además esas exportaciones  recibirían mejores precios, que el propio Gobierno llegó a ofrecer cierta “compensación” a la adopción de esta tecnología dado que el país, como conjunto, se beneficiaba con la misma.
Se avanzó mucho. Se estudiaron distintos sistemas y se preseleccionaron 3: dos chips y un bolo que iba al aparato digestivo y se recuperaba luego en la faena.
La idea, obvia, era que compitieran entre sí, salvaguardando así tanto los precios de acceso de la tecnología para los productores, como la calidad de los dispositivos.
También se identificaron campos que debían cumplir estrictas exigencias, varios de los cuales aún subsisten y se conocen como “campos Unión Europea”.
La mayoría de las propuestas se pararon en los 2.000, y mucho más con el brote de aftosa de 2001 que dejó a la Argentina fuera de los mercados internacionales de carne vacuna.
Lo que vino después es bien conocido, incluyendo el “auto-cierre” de las exportaciones de carne, en marzo de 2006, y las restricciones que subsisten en la actualidad.
Sin embargo, la noticia ahora sobre la decisión oficial de que se instrumente a partir de 2015, en forma obligatoria, el chip para cada cabeza vacuna, y que estará a cargo de la AFIP, el organismo fiscal, sorprendió a todo el sector.
En primer lugar, porque se estima que adoptar el chip y ponerlo en marcha insumirá, al menos, unos U$S 500 millones, cifra elocuente, sobre todo si se considera que, prácticamente, no se está exportando carne, ni siquiera, los cortes más caros, como  los de la Cuota Hilton, que rondan los U$S 20.000 por tonelada.
Sin embargo, lo más asombroso, es que semejante requisito técnico provenga del ente fiscal y no del propio Ministerio de Agricultura, por medio de su órgano técnico –el SENASA- lo que, al menos, le podría dar al asunto una pátina de credibilidad que,  lamentablemente, por ahora no tiene, aunque de no mediar alguna corrección, igual los productores tendrán que afrontar una erogación más, que no va a servir para nada o, al menos, no para lo que se supone… 

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