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ENFOQUE

Todos los fuegos, el fuego (con lo que sea)

¿Leña o carbón? ¿Espinillo o quebracho? "¿Parrigás?", ni hablar. El fuego es la primera de las muchas "piedras de la discordia" entre los parrilleros argentinos. Y no es para menos: la discusión puede extenderse a métodos y formas mucho menos convencionales, como el "asado al vagón", el "asado a la silla", el "asado al parquet" o el "asado a la percha".
Es que en nuestro país, como se verá, no existen impedimentos físicos para realizar un buen asado, aunque tengamos que "sacrificar" una mesa o la puerta de un placard.
Dejando a un lado esa "abominación de departamento" llamada "parrigás" o parrilla a gas, las discusiones en torno al asado, "leimotiv" primigenio y nacional, comienzan, como no podía ser de otra forma, por el fuego mismo.
Por ejemplo, los asadores del mal llamado interior del país acusan a los porteños de haber corrompido y cambiado el milenario ritual de la leña que ahúma la carne por el insípido carbón, feo, sucio y desprolijo (aunque práctico, eso sí).
Incluso entre los que se jactan de asar solamente con leña existen diferencias conceptuales y valorativas. Muchos aseguran que las mejores maderas son las de espinillo o las de ñandubay pero también están los que elogian al devaluado pino o al aguerrido quebracho.
Pero, dejando también a un costado de la parrilla la dicotomía entre madera o carbón, el ingenio argentino, ése que nunca descansa, también aportó ideas exóticas que deben incluirse al momento de debatir la deontología del ritual de la carne a las brasas: "asado al vagón", "asado a la silla", "asado al parquet" e, incluso, asado a la percha.

Asado a la silla
Los últimos días de julio de 2008 el primer equipo de Boca Juniors quedó empantanado en Venezuela y los jugadores se "amotinaron" con la dirigencia del club. Fue tras un partido con All Boys que disputaron en tierras chavistas por la ignota "Copa Vitalicia", pocos días antes del inicio del torneo local.
El avión charter no pudo salir por problemas técnicos y los dirigentes no encontraban la forma de regresar en tiempo y forma ante el enojo de los jugadores, comandados por áspero defensor Rolando Schiavi.
Cuando finalmente las autoridades venezolanas accedieron a dejar volar a un charter de Conviasa, los indignados jugadores –que, obviamente, no tenían leña ni carbón- decidieron festejar el anuncio con un curioso "asado a la silla".
Así lo relató el diario Clarín: "Para celebrar la confirmación del regreso, y disminuir la bronca acumulada de días, los jugadores comieron un asado. Héctor Olmi, uno de los utileros, improvisó una parrilla. Y se rompieron sillas para encender el fuego. Por esa razón, la Policía labró una multa. Lo único que le faltaba a la dirigencia. Pero, a esa altura de la noche, ya nada importaba".

Asado al vagón
La genial idea, que data de 2012, fue del jefe de Gabinete de la Ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, que había sido consultado por entonces sobre el destino de los históricos vagones de la línea A del Subte que saldrían de servicio definitivamente.
Fue una humorada, claro, pero todos los que conocen a Rodríguez Larreta saben que posee una pasión muy poco correspondida por el humor y la comicidad.
"¿Qué van a hacer con los vagones?", le preguntaron. "Un asado, si nos invitan", contestó con escaso gracejo y desató la polémica.
Es que, para muchos, hacer un asado con esos vagones históricos era como encender el fuego con un Goya o con un Picasso, ya que los coches "La Brugeoise", de origen belga, habían sido construidos durante la década de 1910.
Finalmente, el gracioso Rodríguez Larreta debió conformarse con un asado hecho con carbón o leña ya que quince de aquellos vagones fueron declarados Patrimonio Cultural de la Ciudad por las leyes 2.796 y 3.929 y reacondicionados para paseos turísticos.
Algo quedó en claro, después de todo: "Asados con vagones de subte, eso sí que es PRO".

Asado a la percha
En su libro "La balada del asador" (2007), Vicente Muleiro inventa el novedoso –aunque antieconómico- "asado a la percha".
La novela cuenta la historia de un hombre que prepara el último asado antes de mudarse de un PH de Palermo, después de un fracaso amoroso. Y, entre las cajas y los canastos de la mudanza, ese hombre solo y algo melancólico que había aprendido a asar de grande, no encuentra leña ni carbón, aunque sí perchas.
La idea se plantea desde el arranque mismo del libro: "Voy a patentar este espectacular invento urbano, campestre argentino: el asado a la percha".
Pero la cosa no termina ahí. Este hombre de clase media, portavoz del invento de Muleiro, explica el sistema mientras en las calles de ese 2001 –año en el que se sitúa la historia- la Argentina también se prende fuego: "… busco el correspondiente canasto de la mudanza y ahí están esperando: dos, tres, cuatro, cinco perchas de madera porque ahora no voy a fallar (…) subo hacia el quincho y piso el travesaño de la primera percha y tiro hacia arriba con tanta inútil fuerza que trastabillo y me choco con la mesa y me golpeo la espalda y la mesa cae con la tira, los chorizos, la morcilla en rosca, las mollejas, la sal". (…) pero las maderas de las perchas no son tan combustibles como las de los cajones de manzana". (…)
"En la planicie encendida bajo la parrilla hay restos de papel, triángulos chamuscados de resistentes publicidades satinadas, ganchos de perchas que yacen como ennegrecidos signos de pregunta: no era ése su destino, no".
Como está visto, no hay elemento físico que logre impedir en nuestras tierras la realización de un buen asado, lo cual incrementa el pantanoso terreno de la discusión previa entre los parrilleros ya que -como se dice irónicamente de los radicales- donde hay dos asadores, hay una "interna".
Después de todo, como sostienen los festivos Caligaris en su hit "Asado y fernet", siempre hay algún mueble a mano para "sacrificar" a la hora del asado: "… carbón no hace falta, hachamos la mesa…".

(*) Periodista especializado. Autor de "Historias de la Carne".

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