DOMINGO AMAISÓN, UN SER EXTRAODINARIO

Simbiosis del trabajo y el deporte

Es muy común escuchar que los deportistas exitosos son seres privilegiados, que tienen vidas resueltas por los ingentes recursos que solo sus talentos les brindan, que viven en general por encima de los hombres y mujeres comunes, y hasta excesivamente por encima muchas veces.
Ese pensamiento generaliza, como mínimo, ya que no considera los inicios y el camino que se debe seguir para llegar a ese estadio de aparente privilegio, la propia duración limitada de sus carreras, y la gran incógnita sobre cómo sigue la vida cuando termina de la práctica activa del deporte. Múltiples historias echarían por tierra esta valoración generalizante.
Domingo Amaison (FOTO) es una de las excepciones que confirman la regla. Nieto de un francés que “se vino a hacer la América”, las prometedoras pampas argentinas no obviaban por eso el enorme esfuerzo que tenían que hacer los inmigrantes para poder salir adelante. En el caso de Domingo, con un abuelo poco desprendido y un padre poco proclive a un esfuerzo consecuente, desde su primera infancia su vida de todos los días tuvo un solo nombre: trabajo, trabajo y más trabajo.
¿Estudiar ?, Ni pensarlo, en ese contexto de tiempo y espacio tan acuciante.
Ninguna tarea ni trabajo le resultaron ajenos en los campos de Córdoba donde vivían, y todas las encaró con el mismo entusiasmo, llevando siempre todo lo poco que ganaba a su madre, sostén familiar, para ayudar a que no faltara lo básico.
Cuando llegó a sus 14 años, ya era un hombre. En competencias pueblerinas le empezó a tomar el gusto al deporte, y entre eso y sus deseos de progreso se subió con un grupo de amigos a un tren de carga para un largo viaje con destino a la Gran Ciudad.
Eran épocas en que el trabajo no faltaba, y menos para Domingo, que siempre tenía disposición, honestidad y compromiso para hacer lo que fuera preciso. Igualmente al tiempo volvió a su pueblo, allí siempre necesitaban su trabajo y su aporte. Con una condición física natural, empezó a destacarse en las carreras atléticas de calle en los pueblos, y llegó un momento en que para dar un salto de calidad y probarse en la competición a otra escala ya era necesario entrenarse a un nivel, por lo que la vuelta a la Gran Metrópoli fue inevitable.
Domingo aceptaba federarse en cualquier club, pero con una única condición: que le consiguieran trabajo para bastarse y para enviar ayuda a su familia. Y así llegó a Independiente, donde vivía en un sencillísimo espacio debajo de la tribuna, y a una ferretería industrial donde trabajó muchos años, cubriendo los horarios normales y todas las horas extras que pudiera, sin dejar de entrenar antes y después de las horas de trabajo, y así fue ganándose el afecto y el apoyo necesario en su empleo para que no abandonara su prometedor desarrollo deportivo. Y para que también estudiara, pudiendo así terminar los niveles escolares básicos y graduándose como Profesor en el Instituto Nacional de Educación Física y completándolos luego en la Escuela Nacional de Entrenadores de Atletismo en Madrid.
Su nivel y sus logros deportivos fueron creciendo día a día, logrando muchos éxitos para su club dentro del país y representando a Argentina en el exterior. En una larga carrera profesional de 30 años entre 1951 y 1981, logró triunfar en 23 Campeonatos Nacionales de Atletismo, repartidos en 4 pruebas distintas: 1500, 5000 y 10000 metros llanos, y su especialidad, los 3000 metros con obstáculos. Ningún atleta ha alcanzado nunca semejantes logros en Argentina. En Santa Fe, en 1968, ganó las 4 pruebas mencionadas en un misma competición nacional. También obtuvo varios éxitos en el exterior, siendo el caso más relevante el Campeonato Sudamericano de 1965 en Río de Janeiro, cuando ganó medallas en 5 pruebas atléticas (las ya mencionadas más la maratón) en tan sólo una semana.
Pero nunca, nunca, dejó de trabajar, paralelamente a su pasión deportiva.
Después de la ferretería lo hizo promoviendo el deporte desde Adidas, más tarde abriendo varias casas de artículos de deporte asociando al negocio a su gran amigo Osvaldo Suárez (el más grande corredor de carreras de calle y media distancia que tuvo el país, su rival en las pistas), y luego representando, hasta nuestros días, a las maratones más importantes del mundo: Boston, New York, Berlín, Tokio, etc, llevando a lo largo de los años a miles de corredores argentinos a disputarlas.
Desarrollando además sistemas de numeración y clasificación a nivel de los mejores del mundo, creando y dirigiendo la Media Maratón de Buenos Aires ininterrumpidamente desde 1989. Integrando durante 20 años la Asociación Internacional de Carreras de Calle y Maratones, en nombre de América del Sur y Central, impulsando activamente eventos deportivos en todos sus países. Enseñando y entrenando miles de jóvenes durante muchísimos años en el Parque Chacabuco.
Una vida sencilla, sin que nada le falte a su familia, pero sin lujos ni estridencias. Repleto de amigos en todos lados, convoca todos los años a atletas del ´50 al ´90 en reuniones de camaradería, se hace presente desinteresadamente para jerarquizar eventos deportivos en ciudades grandes y pequeñas, y reivindica a figuras del atletismo conocidas y olvidadas en sus magníficas reseñas de Facebook con su increíble memoria fotográfica de tiempos pasados.
Domingo es también un ser privilegiado, pero no por el lugar común de lo que se piensa en general de los grandes deportistas. Lo es por su ejemplo de vida y de superación personal, por su contracción y valoración vital del trabajo, por su honestidad profesional, por su histórico respeto y apoyo al semejante.
Un hombre de vida plena. Un ser humano entrañable. Un gran trabajador. Un gran deportista. Un grande.

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