El rendimiento de nuestros deportistas superó todas las expectativas.
El rendimiento de nuestros deportistas superó todas las expectativas.
OPINIÓN

Juegos: ¿Y después?

¿Fueron los Juegos Olímpicos de la Juventud el inicio de una nueva era o, como temen muchos, la punta de un trabajo cuya continuidad aparece cada vez más complicada? El resultado deportivo de unos Juegos que privilegian la integración más que la competencia fue notable por la cosecha “récord de medallas olímpicas” (así lo celebraron engañosamente muchos medios, sin aclarar las enormes diferencias entre juveniles y mayores). Aún así, fue un rendimiento que superó todas las expectativas. Porque, a las históricas buenas condiciones del deportista argentino, se sumó la confirmación del buen trabajo previo en la detección de talentos y de la preparación a largo plazo. Por otro lado, también están las obras que quedan y servirán para la preparación de esos deportistas. Y, por último, ese casi millón de personas que asistió a la fiesta. Participación popular, contagio y ¿posibilidades de un futuro mejor?
Justamente allí es donde se abre el debate. ¿Futuro mejor cuando decenas y decenas de atletas que formaron parte de los Juegos dejarán de cobrar sus becas? ¿Futuro mejor cuando por tercer año seguido la Secretaría de Deportes sufrirá recortes (esta vez casi del 10 por ciento, 62 por ciento en tres años) y, específicamente el alto rendimiento, recibirá en 2019 la mitad de dinero que en el ejercicio anterior, de 13 a 6,25 millones en dólares?. ¿Son cifras que guardan relación con el presupuesto de los Juegos que terminó subiendo de 231 a unos 600 millones en dólares? ¿De 1.000 a por lo menos 15.000 millones en pesos? Hay algunos números finos del presupuesto que, si los Juegos hubiesen sido con un gobierno distinto, acaso hoy serían tema de tapa y escándalo. Mejor celebrar el medallero engañoso. ¿O acaso tenemos que creer que nuestro deporte juvenil es mejor que el de Estados Unidos, Australia y Alemania, potencias que quedaron debajo de Argentina en el medallero final?

La misma noche de clausura, el taxista que me llevaba a casa lloraba cuando me contaba que le habían recortado la pensión por discapacidad a su hija con síndrome de Down y que, aún trabajando sin dormir, no tenía cómo recaudar el dinero necesario para comprar el medicamento urgente que evitaría dejar paralítica a la niña.

Emperadores romanos, conscientes de la euforia engañosa de la fiesta, querían que los Juegos se celebraran una vez por año. Eran tiempos también en los que, como lo habían establecido ya los griegos, los Juegos imponían (y no siempre concretaban) la llamada “tregua olímpica”, el cese de todo conflicto bélico mientras durara la competencia. El mismo día de apertura de la gran fiesta del Obelisco, el gobierno argentino sufría sin embargo duro fuego interno con Lilita Carrió, aliada clave. Sucede que los Juegos llegaron en tiempos impensadamente más difíciles. La misma noche de clausura, el taxista que me llevaba a casa lloraba cuando me contaba que le habían recortado la pensión por discapacidad a su hija con síndrome de Down y que, aún trabajando sin dormir, no tenía cómo recaudar el dinero necesario para comprar el medicamento urgente que evitara dejar paralítica a la niña. Son presupuestos, está claro, que van por carriles diferentes. Pero los dineros de los Juegos no dejaron de resultar algo obscenos mientras miles de miles sufren pura pérdida.
Sorprendió también que, en plena competencia, anunciara su salida el secretario de Deportes Carlos MacAllister para lanzarse a la carrera por la gobernación de La Pampa (¿no era que el deporte no tenía nada que ver con la política?). Pero sorprendió más aún el nombre de su reemplazante, Diógenes de Urquiza, más vinculado a cuestiones comerciales y pertenencias de clase que al estudio de la política y la ciencia deportiva, habiendo tantos y tantos nombres a disposición. Descuidado, en una entrevista al diario Olé, el nuevo funcionario destacó el rol del Estado para asistir a los atletas, pero pidió el apoyo privado (¿por qué se quitó entonces el uno por ciento de la telefonía celular?) e, imaginando luego un diálogo padre-hijo, cerró con una frase impropia: “andá a laburar, ya tenés 21 años”. Si algunos medios presionaran y si atletas y entrenadores no tuvieran miedo de perder la beca, el tema sería hoy motivo de escándalo.
La frutilla del postre se coronó con la finalmente anunciada mudanza (que se concretará dentro de un año) del histórico CENARD del barrio de Núñez a las nuevas y modernas instalaciones olímpicas de Villa Soldati. Podría sonar lógico si no se sospechara del gran negocio que significa ceder terrenos que cotizan a 3.600 dólares el metro cuadrado para ir a otros donde esa cifra baja a 665 dólares. Primero fue la pérdida de autonomía del ENARD y ahora es la mudanza del CENARD. Lejos de toda inocencia, el alemán Thomas Bach, presidente del Comité Olímpico Internacional (COI) se despidió celebrando una eventual postulación de Buenos Aires como sede de Juegos Olímpicos de mayores de 2032. La última vez que Argentina había soñado con los Juegos fue en 2004, la cita adjudicada finalmente a Atenas. La gran apuesta era el llamado “corredor verde” de Palermo, ahora centro de un negocio inmobiliario. Cómo no pensar en Pandi, mascota frustrada de los Juegos de la Juventud, aún retenida en la Aduana porque la firma que debía comercializarla quiso ingresarla al país de modo tramposo. La firma, diría Bach, tiene un nombre impropio del llamado espíritu olímpico. Se llama “Quiero ver guita”.

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