La marcha no se rompe
CUENTOS VERDES: ENTRE LA FICCIÓN Y LA REALIDAD, RELATOS DE LA MITOLOGÍA SARMIENTISTA

La marcha no se rompe

Hong Kong aparecía como un desafío gigantesco. No iba a ser fácil, lo sabía desde un principio. Idioma y costumbres tan distintas eran todo un desafío por eso se llevó hasta la yerba y los alfajores La Malocha.
Lentamente comenzó a desembalar las cajas. Iba acomodando las cosas y en cada una se detenía en el recuerdo de algún detalle y en la incertidumbre de los tiempos por venir.
Desde un principio no le había gustado nada la idea de irse tan lejos. Mucho menos trabajar en la multinacional en la que estaba. Pero las cosas se habían dado así.
“No podés perder esta oportunidad, tres años pasan volando”, le había dicho el hermano.
“Te crees que una gerencia tan importante se la dan a cualquiera”, lo alentaba el padre.
“¡Hacé el sacrificio y asegurás tu futuro!”, auguraba el amigo.
Al final se decidió y aceptó.
A los pocos días se casó con Graciela, su novia desde casi niños, y enseguida viajaron.
Ahora en un departamento de esa extraña ciudad desempacaban sus cosas.
Rompió el envoltorio de la última caja y, al abrirla, fue lo primero que vio.
Se acordó que dudó en incluir ese sobre cuadrado de papel madera. Pero al final se decidió y lo puso en la caja.
Ahora lo abría, y al intentar retirar el disco, sólo sacó una mitad. La otra había quedado, como una media medalla, en el sobre.
“¡Pucha, qué mala suerte! ¡No se puede creer!”, pensó.
Enseguida un insulto tan vehemente que atrajo la atención de Graciela.
- “¿Qué pasó, Pa?”
- “Se me quebró el disco de la Marcha”, se le aguaron los ojos.
- “No es nada – trató de consolarlo-, si siempre la escuchas por internet”.
Qué podía entender Graciela…
Recordó entonces aquella tardecita de verano a principio de los ’70, cuando su viejo le dijo “esta noche nos juntamos en una cena para despedir a Bisón y Barrionuevo con los muchachos. Es en la confitería Augustus. “¿Querés venir?”
Y como no ir. Si a Bisón, ese morocho morrudo de andar cansino, pero rápido para marcar y salir jugando lo quiso desde la primera vez que lo vio en un partido contra Tigre. Y Taqueta… ese mago que te regalaba alegría en cada jugada. Cómo no iba a ir.
¡Encima en Augustus! A veces escuchaba a los muchachos más grandes en la pileta que era espectacular y qué iban unas pibas hermosas. Esas cosas él desde sus seis años las veía lejanas y ajenas.
Esa noche, escuchó anécdotas, bromas y risas. Hablaron los hinchas, entre los que recordó al Flaco Salamendy, al Mono Muscariello, a Pagella a Tamburini y tantos otros, agradeciendo a los jugadores.
Después hablaron ellos y hasta se acordó que ese morocho grandote y querible que nos cuidó la punta derecha por años lloró como un niño, abrazado a Taqueta.
Y al final Pedrito, Peter para los amigos, uno de los dueños de Augustus, puso en el equipo de audio la más hermosa de las sinfonías: la marcha de Juan Behety y Mataco Saborido y las paredes que habían albergado a la antigua Casa Arini temblaron al ritmo del himno Verde.
Qué podía entender Graciela…
Cuando a fines del ‘51 recogiendo toda la gloria sarmientina y adelantándose a la que vendría después Francisco Mataco Saborido escribió sentidos versos que eran recuerdo de glorias pasadas y arenga ante la inminencia de una nueva etapa de la querida divisa en el profesionalismo.
Embriagado por sus propios versos fue casi corriendo a verlo a su amigo Juan Behety para que le pusiera música a esa letra aún sin terminar.
La música que fue brotando del talento de Juan fue tan contundente que llegó a lo más profundo de Mataco quien asaltado nuevamente por las musas terminó la letra a mano alzada con un lápiz grueso en una libreta de almacén en la cocina de su amigo.
El alba asomaba cuando sonó la sirena de los Talleres. Enseguida silenciosos hombres de azul caminando o en bicicleta peregrinaban hacía los galpones que hacían latir la ciudad.
Unos desde una cocina con mate y un porrón de ginebra; otros, desde un mundo de metales, chispas y sudores, seguramente sin saberlo escribían páginas hermosas de la historia de nuestra patria chica.
Meses después esa marcha de Mataco y Juan se estrenaría públicamente en el Parque Recreativo Junín de Lebensohn y General Frías grabada por la orquesta de Tito Ribero. Y los rudos y petiteros hombres y las bellas mujeres después de bailar tangos se emocionaron con los versos y la música de la Marcha.
Ahora Pascual estaba sentado allí, en aquel departamento de un edificio de 60 pisos, con las dos mitades de aquel disco de pasta que Peter había puesto en sus manos, acariciándole la cabeza, sin decir nada, pero expresando mucho con su generosa sonrisa.
Y allí estaba él, a 21 horas de distancia de su Junín, con los ojos acuosos y el alma tan partida como el disco de pasta.
De pronto la marcha de Saborido y Behety sonó con fuerza, como en aquella noche en Augustus, como tantas veces en la cancha.
La música, la letra le llegó entonces hasta el alma, como en las jornadas de triunfos, ascensos, campeonatos o cualquier expresión que convocara la más cara pasión sarmientista.
“Fue grande el triunfo la barra grita
Ponce replica a gran pulmón
vivan los Verdes valientes player
vivan los Verdes, viva el campeón...”
Graciela dejó la computadora sobre el piso y mientras la marcha seguía arrancándole lágrimas de dulces recuerdos, lo ayudó a levantarse del piso y lo abrazo muy fuerte.
La había subestimado. Graciela entendía muy bien…
Lo abrazó más fuerte y con la música y los versos tan queridos lloraron juntos a 18.658 kilómetros de distancia.

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