La ayuda de Don Santos
CUENTOS VERDES: ENTRE LA FICCIÓN Y LA REALIDAD, RELATOS DE LA MITOLOGÍA SARMIENTISTA

La ayuda de Don Santos

El descenso a la “C” en el ‘68 provocó confusión y desazón en todo el ámbito sarmientista. A partir de allí se subía y bajaba de categoría sin poder hacer pie en la vieja Primera “B”.
Sarmiento no merecía esa realidad. Por eso, a fines de 1979, don Ernesto Sabella, acompañado por toda la Comisión Directiva, convocó a un grupo de jóvenes asociados para encarar un proyecto ambicioso que debía culminar en el ascenso.
Así Ricardo Tamburini, Juan Martingorena, Nelson Benito, Rodolfo Ganci, Mario Juliano, Horacio Tuso, Rodolfo Ibarra, Carlos Reguera y Enrique Montes, entre otros, comenzaron a gestionar en el más alto nivel del fútbol argentino el equipo para la campaña de 1980.
Por eso, el campeonato empezó con la lógica expectativa de toda la ciudad y repercutió hasta en los medios deportivos nacionales.

Se había realizado un tremendo esfuerzo detrás del sueño de ese puñado de dirigentes, primero, de toda la afición Verde, después, y finalmente, en el de toda la ciudad.

Sin embargo, al principio el equipo no funcionó y la cosa empezó complicada.
Los resultados negativos en el inicio de esa campaña, se perdió 3 a 1 contra Argentino de Quilmes en la primera fecha y en la segunda, otra derrota, esta vez por 5 a 1 frente a Deportivo Español, llevó a un grupo de hinchas de Sarmiento a preguntarse cómo podían ayudar al equipo para salir de esta situación.
Con todo lo que se había trabajado e invertido, cayeron en la cuenta que la solución no pasaba por una cuestión de plata, tampoco por la elección de los jugadores, ni por lo institucional, mucho menos por apoyo de los hinchas.
- ¿Qué carajo nos falta? ¿Qué nos pasa?, dijo el Pato fastidiado.
- Suerte hermano, suerte eso nos falta, contestó el Calabré.
Los muchachos quedaron pensativos y se hizo un largo silencio. Entonces el Beto Manuale, que era el líder del grupo, se levantó como si de pronto algo lo hubiera iluminado
- ¿Y si vamos a ver a Don Santos?, propuso.
- ¿Qué, estas empachado?, preguntó irónico el Calabré.
- No boludo… ¡El equipo está empachado! No te das cuenta.
El Beto tiene razón, hay que ir a ver a Don Santos, coincidió la mayoría, ya cansados de estas situaciones que parecían tan extrañas y que se repetían en los últimos años.
Don Santos, si bien no se mostraba, era muy respetado y querido, porque había sacado a más de uno del apuro.
“Si che, puede ser, este hombre no es como los otros. Doña Clara me contó que lo consultó por un problema y el hombre que entendió no podía ayudarla, la mandó al médico. Doña Clara, así como es de frontal, le dijo: Don Santos yo a usted lo quiero mucho, pero si tuviera plata ya hubiera ido al doctor. Y saben lo que hizo Don Santos, le dio plata para que vaya al médico”, aportó uno de los muchachos que vivía al lado.
Además, Don Santos, que había venido de España, también era hincha de Sarmiento.
Entonces, no había mucho más que hablar, se habían perdido los dos primeros partidos y había urgencia por ganar el próximo de local.
Era viernes, se acercaba el partido y perder otra vez haría las cosas muy difíciles. Así que, al otro día a la hora de la siesta, el grupo, encabezado por Beto y Ariel, se apersonó en la casa de Don Santos. Allí hablaron por espacio de varias horas.

Por lo que contó el Beto mucho después, el hombre compartía la misma preocupación que ellos y les hizo una pormenorizada descripción de lo que sucedía y entre las posibles soluciones, la que sería más efectiva.
Esto los dejó tranquilos. Hasta Paco que tenía fama de “agarrado” salió confiado porque cuando le preguntaron al hombre cuanto les cobraría, riéndose les había contestado: “muchachos no le cobro a nadie y les voy a cobrar a ustedes que quieren dale una mano al Verde.”
Según contaron después, todo era muy sencillo y Don Santos solo se limitaba a rezar, “pedir” o algo parecido. Por eso, así como Paco se sintió tranquilizado por la parte económica, Armando se sintió aliviado por que la cosa no incluía gallinas degolladas, cementerios ni nada por el estilo.
La cuestión es que en el siguiente partido el Verde le ganó de local 2 a 1 a Almirante Brown y de ahí en más comenzó a ganar y ganar, con la conducción técnica de Oscar Cadars primero y la de Juan Carlos Montes hasta el título de campeón.
En determinado momento, entre tantos triunfos, Don Santos los tuvo que echar porque dijo que estaba cansado de curar del empacho a su propia mujer con tantas masas y bombones que le regalaban de tan agradecidos que estaban los muchachos.
Cuando el campeonato entraba en los tramos finales y, al verlos tan desbordados, Don Santos los citó un día a su casa y les hizo prometer que nunca contarían a nadie acerca “su ayuda” y les dijo que de hacerlo “los trabajos perderían efecto”.
Cuentan que, en la mañana del lunes, después del triunfo ante Chacarita y con Sarmiento formalmente campeón, llegaron a la casa de Don Santos para regalarle un automóvil de colección, que era el bien más preciado de uno de los integrantes de la barra y que con gusto quería que se lo quedara Don Santos.
Dicen que el viejo estuvo riéndose un rato largo y que después les dijo que se dejaran de macanas, que para que quería un auto si no sabía manejar. Enseguida les manifestó su deseo de volver a España, a Vigo, su pueblo, porque se sentía cansado.
- Total uno de mis sueños en la Argentina: Sarmiento campeón y en la “A” se cumplió, había dicho.
- Pero Don Santos usted piensa que ahora que tenemos la vaca atada lo vamos a dejar ir así nomás, había protestado el Beto
Entonces, Don Santos explicó que lo que se había hecho era único, que no tenía ya el don de volver a repetirlo. Era una bala de plata y ya se había usado.
-Bueno le bancamos el viaje a España, dijo el Beto generoso y agradecido. Otra vez rio Don Santos y dijo, “no hace falta tenemos nuestros ahorros, pero si quiero pedirles algo especial, que me gustaría tener”.
Años después alguien del círculo sarmientista de esos años comentó que en la plaza principal de Vigo cruzó a menos de dos metros a una pareja de ancianos que paseaba del brazo. El viejito caminaba elegante y lucía orgulloso la camiseta de Sarmiento con el número 7, la gloriosa del Toti Iglesias.

(*) Profesor en Letras e Historia y periodista. Se desempeñó como Jefe de Redacción en el Diario de la República de San Luis y como periodista en Semanario y La Verdad de Junín. En San Luis fue profesor en la Universidad Católica de Cuyo, el Nacional Juan Pascual Pringles y la Escuela Secundaria de El Trapiche. En Junín, fue director de la Escuela Secundaria N°19 y profesor en varias escuelas de nivel medio.

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