Gary Medel.
Gary Medel.
OPINIÓN

El deporte como herramienta

La fecha FIFA dejó algo más que el buen triunfo de Argentina ante Brasil. El amistoso Chile-Bolivia fue suspendido por razones obvias. Son dos países en llamas. Pero, en un sentido, impacta más la suspensión del amistoso Perú-Chile, que debía jugarse el martes en Lima. Porque la selección chilena, que renunció al juego, tomó una medida que tiene pocos antecedentes en la historia del deporte mundial.
Esa historia recuerda, por un lado, a los deportistas que tomaron posiciones notables. Muhammad Alí cuando se negó a combatir en Vietnam y fue despojado del título y condenado a prisión. Los atletas estadounidenses del podio del “Poder Negro” en los Juegos de México 68, expulsado de por vida del olimpismo. Eran atletas que, inicialmente, evaluaban no viajar siquiera a México, en protesta por el maltrato a la población afroamericana, agravado por el asesinato de Martin Luther King. Evaluaban no competir, como decidió hacerlo ahora la selección chilena. Finalmente viajaron y decidieron evidenciar su protesta subiendo al podio y hacer el gesto desafiante del puño cerrado, una de las imágenes más poderosas de todos los tiempos.
No son los únicos. Diego Maradona confrontó con la FIFA. El Corinthians de Sócrates reclamó democracia en el Brasil de los años ’80. Y Carlos Caszely se negó a darle la mano al dictador chileno Augusto Pinochet. Pero la decisión de La Roja de no viajar a Perú es otra cosa. Porque los jugadores de la selección chilena se negaron a jugar no solo en solidaridad con la protesta del pueblo chileno, sino ante todo porque no jugar es su forma de participar también de la movida. El capitán Gary Medel lo explicó muy bien. Dijo que inicialmente tenían previsto jugar. Pero que cuando volvieron a Chile de sus confortables residencias europeas quedaron chocados por lo que vieron. Por el sufrimiento de muchas de sus familias que acaso siguen viviendo en los mismos barrios humildes donde ellos nacieron. Fue muy aleccionador el debate en Fox Sports de Perú cuando el periodista Eddie Fleischmann le dijo al ex jugador Flavio Maestri que, si todos los jugadores hicieran lo mismo, entonces la selección de Venezuela, tal la crisis en ese país, no podría haber jugado un solo partido en los últimos diez años. “Que a ti te parezca raro -le respondió Maestri- es tu problema. Tú vas a entender esto cuando ganes el sueldo mínimo. Recién allí vas a entender todo lo que está pasando en Chile”.
Otros deportistas acompañan la protesta de modo distinto. Asombró por ejemplo Rogers Rogerio cuando subió al podio del Argentina Open 2019 de jiu jitsu con una bandera que decía “Nos matan, violan y torturan igual que en dictadura”. Y también sorprendieron Iván León y Cristián Araya, integrantes del seleccionado de bádminton, que posaron con fondo de bandera mapuche y tapándose los ojos, referencia al centenar de manifestantes que perdieron ojos en la represión, macabra “coincidencia”, como lo desnudó una serie fotográfica publicada por The New York Times.
Más improbable, en cambio, que ensayen protestas los tenistas chilenos que a partir de este martes se medirán ante Argentina en la nueva Copa Davis de Madrid. Y mucho menos se espera alguna movida de Roger Federer que, antes de jugar en Buenos Aires, se presentará en Santiago contra Alexander Zverev, según informes, a cambio de 2 millones de dólares. Cada deportista es un mundo en sí mismo. Tampoco es lo mismo el fútbol que el tenis. Sus deportistas suelen proceder de orígenes distintos.
¿Y qué pasaría si todos los deportistas del mundo se unen algún día para decir ellos mismos, a través de un organismo que los represente, en qué países decidirían eventualmente no presentarse a competir? Años atrás recuerdo editoriales furiosos de un popular tabloide británico The Sun porque una selección de cricket de las islas británicas debía competir en un país africano acusado de graves violaciones a los derechos humanos. Nadie le preguntaba al diario por qué razón su propio dueño, el magnate Rupert Murdoch, no renunciaba también él a televisar ese torneo, ya que era el dueño de los derechos.
¿Y acaso Argentina-Brasil no jugaron el viernes en Arabia Saudita, una monarquía sin democracia y acusada históricamente de violaciones a los derechos humanos?
Claro, Arabia Saudita vende petróleo y armas a buena parte del Primer Mundo. Allí está la televisión estatal de España (RTVE) avisando que no ofertará para comprar derechos de la Supercopa de España, que la Federación de ese país trasladó, justamente, a Arabia Saudita, un país en el cual, recordó la cadena, las mujeres sufren quita histórica de derechos básicos. En Argentina no hubo protestas por el partido en Arabia Saudita. Menos las hubo en Brasil. Sí hay en cambio protesta el flamante movimiento de jugadores argentinos Futbolistas Unidos (el arquero Nahuel Guzmán es su cara más famosa), porque la selección jugará el martes contra Uruguay en Israel, en conflicto eterno con Palestina. El fútbol jugará su próximo Mundial en Qatar y el Mundial de Clubes ampliado será en China. Pero a la FIFA, sabemos, no se le protesta.

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