A SIETE AÑOS DE SU DECESO

Félix Tobalina: El secreto de volverse inolvidable

Fue un verdadero grande del fútbol juninense, casi un gigante, y además una excepcional persona, un gran señor con todas las letras.

Quizá, sólo quizá, no sea tan sencillo evocar a Félix Tobalina en toda su dimensión. Algunos poetas argentinos, como Juan Gelman, todavía incitan a que nadie se olvide de olvidar el olvido. Otros, como Eduardo Galeano, todavía reivindican el derecho de soñar.
Generalmente la memoria se transforma en un engranaje frustrado que no obedece la cronología cuando uno quiere escribir, con enorme tristeza y no poca urgencia, la necrológica de un amigo muy admirado y de un protagonista de lujo del fútbol amateur local de todas las épocas. Lo primero que aparece, allá a los lejos pero no difusamente, es su extraordinaria capacidad técnica, que resultó como la invención de una manera de jugar y de acariciar la pelota.
Las destrezas que exhibió combinaron altas dosis de belleza y categoría, dentro de un tiempo que para destacarse había que estar dotado de otras cosas complementarias, como la personalidad, el equilibrio, la seriedad y el acompañamiento. Fue un futbolista irreverente que le escapó a los moldes y a los libros. Un jugador que no tenía apellido, haciéndole pito catalán a su DNI. Si alguien decía “Félix”, ya se sabía hasta el hartazgo de quién se trataba.
El espejo de Tobalina devuelve imágenes de incontables piruetas, que a tanto tiempo de su momento de mayor esplendor, se han convertido en ficciones para quienes se sienten cercados por las mercancías futboleras estandarizadas. De grandes luces, muchísimas ideas, abundantes reflejos, no estorbado por ninguna ideología potreril ni tampoco por ninguna sofisticación “resultadista”, Félix estuvo en perfecta libertad para cumplir el rol de ídolo que le confirió la gente, no pensando en sí mismo y en su talento, ni tampoco censurando con odio a las mezquindades o despiadadas persecuciones a las que se vio sometido por aquellos que vuelan bajo. Siempre contestó con altura en la calle y con belleza en la cancha.
Rivadavia fue su fútbol en el mundo. Nunca vistió otra camiseta que no haya sido la albiceleste. Se inició de niño en la entidad fundada en la casa de los Ayala y frecuentó todas las divisiones hasta llegar a primera, siempre con el mismo mensaje de trato amoroso y amable con la pelota. Se aburrió de salir campeón con decenas de categorías y en la superior, la más alta, cosechó varios títulos. ¿Algunos? 1964, 1965, 1968 y 1971.
Para él, lo importante no era el resultado, sino la manera de respetar una idea, una forma de jugar. Una forma de jugar que no se pareció a ninguna otra. Tuvo grandes compañeros que giraron alrededor de su técnica prodigiosa: Rodolfo Chaparro, Osvaldo Nievas, Manuel Viaño, Manuel Walton, Ricardo Varela, Pedro Banegas, Raúl Guillotti, Mario Poratto, Pedro Martínez, Omar y Juan Frías, Iturbide, Gabrielli, Hugo Gómez y Zenón Flores, entre otros.

Uno de sus brillantes capítulos lo tuvo también con la casaca de la Liga Deportiva del Oeste, a la que era un habitual elegido por los diferentes entrenadores. En la década del ´60, por ejemplo, brilló en una formación albirroja que hoy bien podría ser catalogada como “el equipo de los sueños”: Pérez; Rebecco y Rizzi; Comisso, Caporaletti y Britos; Ricardo Giles, Omar Vargas, Horacio Barrionuevo, Félix Tobalina y Humberto Franchi.
Rara paradoja. Quizá Félix Tobalina haya sido el único jugador juninense de proyección nunca anexado al profesionalismo por Sarmiento, como sí lo fueron otros exponentes de enorme brillo que sobresalían en otras instituciones locales. Simplemente una estadística, un detalle en medio de una agenda cargada de gloria.
Qué pena enorme no haberlo disfrutado con la casaca verde adherida a su pecho. Seguramente hubiese trascendido lo meramente vernáculo para transformarse en un producto nacional.
Los más grandes momentos futbolísticos de Tobalina se vivieron sin televisión y sin aparato de radio, con diarios de poca opinión en cuanto al balance del juego de cada partido. Pero antes, había que pasar por la pizarra primero ubicada en Rivadavia y después en Roque Sáenz Peña, para conocer los resultados de la fecha dominguera y después escuchar los comentarios de Pepe Buono por “Publicidad Junín”, con su serie de altavoces diseminados por las esquinas de Sáenz Peña y Rivadavia. No obstante la escasa presencia periodística, eso no invalidó los juicios de valor de la gente. La gente sabía perfectamente que Pinocho Ciarapica, el Alemán Foschiatti y el Hormiga Fernández brillaban en River; Velorio Giménez y el Pelado Fernández en Defensa; los Ochoaizpuro, el Bagre Luna, el Piojo Proglio y Humberto Franchi en Ambos Mundos, el Colorado Alfredo Bisio en B.A.P.; el Flaco Juan Carlos Bozzini en Jorge Newbery; Abel Pardini, Alberto Guzmán, Rabanito Caporaletti y Reinaldo Caramelo en Mariano Moreno; Peteca Molina, los Sottile y Alfredo Fossa en Independiente; Taqueta Barrionuevo, Taliche Lombardi y Rubén Torres en Sarmiento, los Ricci en Villa. Y así todo.
Como si fuese poco, también fue un privilegiado. Su libertad que mostraba en las canchas, su habilidad, su genialidad, su desparpajo a prueba del más recio de los marcadores, representaron un sello unánime para el reconocimiento mayoritario del público, que siempre lo respetó a ultranza. En realidad, esa alianza no escrita resultó recíproca, simplemente porque Tobalina nunca traicionó sus convicciones futboleras.
Con la ausencia de Félix se perdió a una de esas personas desacartonadas que daba gusto tratar, más allá de lo meramente deportivo. Sencillo, humilde, cauto, prudente y dinámico, dibujó su vida en base a la honestidad y al apasionamiento, sin dejar de mirar, de escuchar y de involucrarse en espacios abiertos, donde el trabajo fue su única arma de deseo.
Es cierto que desde hace siete años, la partida definitiva de Félix Tobalina es una ausencia muy doliente. Pero también habría que tener en cuenta, a la hora de la evocación, que futbolista pícaro, dribleador empedernido, producto genuino del potrero, prototipo de la belleza y en todo lo que se escriba de aquí en más, jamás dejará de ser un crack.

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