Mario “Peteca” Molina, segundo desde la derecha (abajo) cuando brillaba con la casaca de Jorge Newbery
Mario “Peteca” Molina, segundo desde la derecha (abajo) cuando brillaba con la casaca de Jorge Newbery
SEMBLANZA DE UN GRANDE DEL FÚTBOL

Mario “Peteca” Molina, fugaz y eterno

Ayer cumplió 70 años. Sin embargo, el paso del tiempo no obstruyó el recuerdo que los aficionados tienen del brillante futbolista que nació en Independiente y brilló en Jorge Newbery, en la época dorada de la entidad albiazul.

Uno, siempre proclive a detenerse a desempolvar recuerdos agradables, no tiene más remedio que apelar al masoquismo para evocar a la gran estrella que dio el fútbol juninense en el pasado cercano, dentro de una época que se cerró triste e irónica, con dos alternativas puntuales: la abrupta desaparición de los talentos y la escasez de maestros capaces de impulsar a aquellos símbolos, hoy en abierta extinción.
La excusa es el cumpleaños número 70 de Mario Molina, que perdió el nombre y el apellido para transformarse definitivamente en “Peteca”, fue una verdadera estrella en una década que tuvo otros grandes. Con él, nació un estilo. Un estilo que se nutrió de habilidad, de talento, de fantasía.
Quizá haya sido la obra maestra del Negro Castro. Quizá “Peteca” haya sintetizado, con el atrevimiento de su gambeta incomparable, el olfato futbolístico de ese fantástico docente sin título de Independiente, que no tenía celular, ni oficina, ni empresario a quien rendir pleitesías, ni apetencias de lucrar con otra cosa que no haya sido entregar esa “mercadería” en bruto a su club, sin más remuneración que el sabor del deber cumplido.
No es arriesgado sostener que en un momento brillante del fútbol juninense, Molina transformó la manera de ver un partido, porque inventó un vínculo nuevo entre el jugador y el aficionado. Tal vez él no se haya dado cuenta, por puro humilde nomás, pero fascinaba con sus toques, sus corridas, sus frenos, sus cuotas un tanto dispersas de elegancia. Se involucraba en serio con el espectáculo, pese a que no tenía ningún interés en embellecer lo que ya había nacido bello. El buscaba hacer algo distinto que hubieran querido hacer todos los que deseaban crear.

A muchos años de su retiro, de alguna manera “Peteca” debería ser una especie de bandera al revés para aquellos que quieren hacer “pelota” la fragancia del fútbol bien jugado, con respeto, con armonía. Como fuera, seguramente quedó demostrado, como pocas otras veces en la historia del fútbol local, que el postulado teórico de que la realidad puede superar los relatos de ficción es demostrable en sus prolongadas actuaciones, tanto con la casaca de Independiente, como con la de Jorge Newbery, allí donde su alcanzó la estatura de un grande.
Fue un fuera de serie. Nadie pudo copiarlo, ¿ Cómo copiar una matriz inexistente, un molde humano ?.
Peteca” fue uno de esos jugadores, como tantos otros talentosos que nacieron en esta bendita ciudad, que tuvieron que vivir con la utopía extraña de querer ser solamente uno más.
Molina sabía charlar con la pelota, la descubría cada día, la desnudaba, la presentaba ante el público como una suerte de espejo. Y en su reflejo, tan nítido, el espejo desafiaba a la misma imagen del jugador tras un manto de duda, porque... ¿ Cómo era posible que la interpretara tan fielmente ?.
Nuestro fútbol adolece, hoy en día, de muchas sillas vacías, en una época sembrada con corredores, atletas, reyes del forcejeo, agitadores del medio campo, verdaderos asesinos del balón.
En Junín, hay pocas cosas que interesen, que entusiasmen, futbolísticamente hablando. Las tribunas están despobladas, con gente de espaldas vencidas de resignación. Ya no hay jugadores que hagan travesuras. Ya no hay encantadores de serpientes, simplemente porque no hay música. Hoy, cuando escuchamos a Serrat cantar la “Elegía” de Miguel Hernández (“tanto dolor se agrupa en mi costado, que por doler me duele hasta el aliento”), en el fondo comprendemos por qué hay tantas sillas vacías. Es que a veces pareciera, incluso, que nadie tiene ganas de sentarse.
Habría que inventar un manual de agradecimientos. Las almas sensibles, aquellos que gozan con el buen fútbol, podrían testimoniar allí su gratitud hacia los que suelen endulzar el corazón con la magia tan especial de los habilidosos. Mario Molina tenía un ángel especial. Eso es algo que está más allá de toda técnica y que no se puede enseñar. Lo que está claro es que la suya fue siempre una búsqueda, más que un hallazgo.
Quizás “Peteca” intentó demostrar con sus zigzagueos constantes que para ver ese “otro lado” del fútbol, basta con girar la cabeza y descubrir que las mejores historias, las más exóticas y jugosas circunstancias de un partido, muchas veces están lejos de ser las creadas por los técnicos.
Mario se animó a usar la pelota como herramienta de arte y difícilmente pueda decirse que traicionó, siquiera una vez, sus convicciones. Se resistió a formar parte de la maraña de atropellados y corredores, en una etapa en la que muchos caían en la trampa. La belleza de su fútbol estuvo lejos de la luminosidad artificial de esos escenarios exitosos y rimbombantes. Pasó inadvertido para la tilinguería del fútbol “con nombres”. No se vistió con la pulcritud del smoking y la galera. “Peteca” era como uno de esos linyeras que con un apenas un mate, se ríen a carcajadas de las bondades del caviar. En su humildad estuvo gran parte del encanto de este excepcional futbolista.
Si no fuera porque existió, cualquiera diría que fue uno más de los jugadores que transitaron las canchas juninenses en la segunda mitad del siglo pasado. Es una verdadera pena que no se encuentren muchos documentos de entonces, explicando las bondades de su juego y el tecnicismo de sus sutiles maniobras, ni tampoco videos que puedan exhibir aquellas proezas junto a la raya, sin más compañía que la pelota, en un arte popular que todavía no transita en las universidades de la vida como algo indispensable para entender la “intelectualidad en el fútbol”.
Peteca”, simplemente “Peteca”. Un “Peteca” que descubrió que la vieja gambeta criolla era un género que podía ser estilizado hasta los extremos y potenciado al máximo, hasta convertirse en alta poesía del fútbol.

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