SERÁ EL PRÓXIMO JUEVES EN LA SEDE DE VILLA BELGRANO

Horacio “Taqueta” Barrionuevo cumple 80 años y le preparan un gran agasajo

Durante dos décadas, ya retirado como eximio jugador, dirigió las divisiones inferiores de su Sarmiento tan amado, teniendo en ese lapso algunos ciclos breves en la conducción del equipo superior. Bajo su batuta surgieron, entre otros, estos jugadores: Cristian Muñoz, Gustavo Olavarriaga, Gastón y Gustavo Merlo, los hermanos Pavone, Mauricio Ferradas, Guillermo Beraza, Norberto Mastrángelo y Sebastián Bueno.

Un grupo de ex jugadores de Sarmiento, que se iniciaron y formaron con él, cumpliendo gran parte de los sueños futbolísticos, le festejarán a Horacio Barrionuevo su cumpleaños número 80.
La cena se llevará a cabo el próximo jueves, a las 21.30, en la sede del Club Villa Belgrano. Las tarjetas, con un valor de $ 400, se podrán reservar al teléfono (236) 154-300819.
Lo verdaderamente hermoso de todo esto es que los discípulos de “Taqueta”, muchos por cierto, jamás lo vieron jugar, ni tuvieron imágenes de televisión que mostraran todo su exquisito talento, además de su rica trayectoria, no tan sólo con la casaca verde, sino también con las de Tigre, Argentinos Juniors y Vélez.
La admiración y el recuerdo que ellos muestran es por la docencia que recibieron de un maestro sin título, la que quedó grabada a fuego, tanto por las enseñanzas futboleras, como del comportamiento y la disciplina fuera del aspecto deportivo.
El “enganche” que tuvo Barrionuevo con sus jugadores, y viceversa, resultó un pasaje increíble, dentro de un romance eterno, digno para un guión de una película “distinta”, como suele filmar Woody Allen.

Breve semblanza de un crack
Nació en Junín un 6 de junio de 1939. Fue el segundo hijo varón de una familia entrañablemente ligada al Club Atlético Sarmiento. Ese día, con enorme alegría, sus padres Yolanda y Oscar eligieron para él un nombre: Horacio Oscar, el que adosado al apellido, iba a trascender hasta límites insospechados.
Los viejos no sabían que poco después un apodo, un simple mote que le pusieron los amigos, extraído de un emperador japonés de la época, haría desaparecer literalmente la importancia de esa anotación en el Registro Provincial de las Personas. Ya nadie lo conocería por el nombre…
De chiquilín, con una mezcla rara de “penúltimo linyera y de primer polizón en el viaje a Venus”, empezó a jugar en las divisiones inferiores de Sarmiento. Llegó de la mano de su padre, fervoroso militante del Partido Justicialista, en tiempos de Andrés Suárez, Héctor J. Díaz, Adolfo Mirambell, Mario Canavesio, Alfredo Simonutti, Antonio Olmos, Orlando Saggese y Derval Poveda.
Esmirriado, chiquito, melena negra al viento, carita de atorrante, medias caídas y los pantalones que le lucían al menos dos números más grandes, no tardó en transformarse en el “sinvergüenza” más grande del fútbol amateur. Casi rozando los 16 años, debutó en la Primera amateur. Toda una hazaña en una entidad acostumbrada a los títulos y a las grandes figuras.
Era insólito ver a un pibito entre Taliche Lombardi, Fifo Calvo, Ramón Álvarez, Héctor Leruzzi, Domingo Carini, Obdulio Cárdenas, Raúl Baldo y tantos otros. Sin embargo, su desfachatez pudo más.
Y triunfó en el fútbol juninense, al extremo de haber sido convocado para el seleccionado de la Liga Deportiva del Oeste, equipo donde no era sencillo jugar, a raíz de la exquisitez de sus estrellas. Hay que recordar una de las formaciones de 1958: Poratto; Nievas y Lucero; Prévite, Caramelo y H. Ferrari; Proglio, Ayala, Barrionuevo, Álvarez y Guillotti.
Lo demás es conocido. ¿O acaso no? Debutó en el profesionalismo con Sarmiento, naturalmente. Fue el 8 de diciembre de 1956 ante Colón, en Junín, por la penúltima fecha del torneo de Primera ”B”.
Marcó un gol, el primero, en la derrota verde por 3 a 2. Jugó cinco temporadas excepcionales en la categoría, hasta 1960. Tenía a su lado elementos de gran categoría: Osvaldo Racalbutto, Jaime Coll, Hebert Pérez, Francisco Quaglia, Roberto Bruzzio, Noel Madama, Martín Domínguez, Ernesto Pelli, Ramón Álvarez, Horacio Medina y Juan Zorzenón. Pero su talento era más fuerte.
En la temporada 1961 Sarmiento lo transfirió a Tigre, lo que significó el “pase del año” en el ascenso argentino. En la entidad de Victoria ratificó su excepcional momento, circunstancia que le permitió saltar a Primera División.
Es así que Argentinos Juniors lo contrata para su gran equipo de “tocadores”, donde juega a gran nivel en 1962 y 1963, junto a Canceco, Puppo, Zurita, Lallana, Ramaciotti, Pando, Sainz y Ditro.
Sus destacadas actuaciones no pasan inadvertidas para el técnico de la Selección, Horacio Amable Torres, un ex jugador de Sarmiento, quien lo convoca para el equipo nacional. Lamentablemente, una lesión lo alejó de la posibilidad de seguir entrenando con el plantel albiceleste.
En 1964 pasó a Vélez Sarsfield y allí se codeó con Daniel Willington, Carone, Atela, Lejona y el uruguayo González. Su ciclo resultó breve, pero repleto de excelentes partidos y recuerdos imperecederos. Entre ellos, su ligazón afectivo con Don Pepe Amalfitani.
En 1965 y 1966 se produce la vuelta soñada: regresa a Sarmiento, donde vuelve a enloquecer a los aficionados verdes, junto a Hebert Pérez, Villafañe, Oyarzábal, Pérez Delledone, Córdoba, Ayala, Davín, Medina, Grimaldo, Prandi y Bissón.
Posteriormente, Sarmiento lo transfiere al Olympique Gymnaste Club Nice de Francia, otro mojón importante en su destacada carrera.
De vuelta a Junín, cierra su campaña en Sarmiento, equipo que por ese entonces militaba en la divisional Primera “C”.
Contabilizando su trayectoria en equipos profesionales y amateurs (la Primera “C” es considerada no rentada por la AFA), jugó 11 temporadas en Sarmiento, con una presencia en 198 encuentros y 90 goles.
Con las casacas de Tigre, Argentinos Juniors y Vélez Sarsfield, disputó 75 cotejos, con una marca de 22 tantos. En definitiva, su carnet definitivo se ancló en estos números: 272 partidos jugados y 112 goles.
Durante casi 20 años, ya retirado de su profesión de eximio jugador, dirigió las divisiones inferiores de su Sarmiento tan amado, teniendo en ese lapso algunos ciclos breves en la conducción del equipo superior. Bajo su batuta surgieron, entre otros, los siguientes jugadores: Cristian Muñoz, Gustavo Olavarriaga, Gastón y Gustavo Merlo, los hermanos Pavone, Mauricio Ferradas, Guillermo Beraza, Norberto Mastrángelo y Sebastián Bueno.
¿ Cómo escribir sobre “Taqueta” ? Es muy difícil establecer recetas para una tarea cuya naturaleza parecería sustentarse principalmente en el ejercicio de una forma de libertad y/o creatividad.
Uno siempre ha espiado en los textos de los escritores que admira (Galeano, Soriano, Fontanarrosa), en sus apuntes y diarios, tratando de detectar algunos secretos que permitan vislumbrar caminos o salir de algunos pantanos. Y a veces algo sucede, pero entonces es como una breve iluminación. También como el reconocimiento de algo que, ignorado hasta ese momento, aparentemente ya estaba establecido en uno y sólo necesitaba una confirmación a través de esta comunión con el maestro elegido.
A la larga, este de la escritura es un juego en el que uno termina por comprender que deberá establecer sus propias reglas y forjar sus propias herramientas. Y que esas herramientas, si no son las mejores posibles, siempre son las que más convienen a la hora de jugar la partida.
Siempre nos hemos esforzado por recordar ciertas cosas, en la necesidad de avanzar hablando en voz baja y sólo de tanto en tanto atrevernos a soltar alguna puteada, cuando el hilo del pensamiento nos traicionaba.
Una pregunta inicial: ¿ Cómo se convierte un jugador en ídolo? Poco a poco, quemando etapas. El ídolo siempre es el gran artista con la pelota, pero no nace para transformarse en el icono de un club, de una tribuna. Se hace a través del sentimiento, a través de una vinculación con los colores, a través de una demostración sincera del amor a la camiseta. “Taqueta” comenzó a maravillar a la gente en los campitos del Club Unión, trasladando luego a las inferiores de Sarmiento esa incipiente mezcla de atorrante y virtuoso. Con la clara hipótesis fuerte de que no fue un tibio ni un irresponsable, aunque confesó ciertas “debilidades” a la hora de entrenar, sin embargo hechizó a los hinchas verdes durante cinco maravillosas temporadas, que no pararon en embriagarse de fútbol, gambetas y picardías.
Más tarde extendió su magia en otros equipos, incluso de la elite, para finalmente terminar su carrera en el club que lo vio nacer y que él tanto ama.
Y allí está precisamente en otro punto clave, lo que justifica tal vez hablar de una biografía: la importancia de la personalidad de Barrionuevo. Una mente clara y obsesionada –por la defensa de sus principios futbolísticos, el mantenimiento de una forma de jugar, ver y enseñar, pero sobre todo por el respeto a rajatabla de la pelota- capaz de encajar perfectamente en la coyuntura histórica que se le presentaba.
De grandes luces, muchísimas ideas, abundantes reflejos, no estorbado por ninguna ideología futbolera ni tampoco por ninguna sofisticación “resultadista”, estuvo en perfecta libertad para cumplir el rol de ídolo que le confirió la gente, no pensando en sí mismo y en su talento, ni tampoco censurando con odio a las mezquindades o despiadadas persecuciones a las que se vio sometido por aquellos que vuelan bajo. Siempre contestó con altura en la calle y con belleza en la cancha.

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