Mauro Zárate.
Mauro Zárate.
OPINIÓN

El reino del morbo

“El morbo”, dijo Emanuel Más. Y es la palabra que mejor grafica la polémica. Porque lo que sucedió el jueves pasado en la Bombonera ya es pasado. Pero el caso Mauro Zárate no. Porque, sacando toda la hojarasca, acaso explica, en buena parte, por qué le cuesta al fútbol argentino aceptar que la pelota, además de negocio y pasión, sigue siendo un juego. El 0-0 final llevó a los penales. El pibe Gastón Giménez se paró listo para iniciar la tanda. Pero el árbitro Fernando Espinoza demoraba la ejecución. Miraba a la mediacancha. La TV no mostraba qué pasaba allí. No lo hacía porque una de sus cámaras, acaso buscando acercarse más al morbo, entró al campo de juego y se negaba a abandonarlo. Quería un mejor primer plano de los jugadores que estaban en mitad de cancha. Fue una demora de dos minutos. Una eternidad para Giménez, el pibe de Vélez expuesto a la caldera de una Bombonera que no paraba de gritar. Y enfrente estaba Esteban Andrada, figura del partido, hoy el mejor arquero de nuestras canchas. El pibe no se achicó y pateó como un veterano. Pero Vélez, que había jugado mejor que Boca, perdió la serie. Y Zárate hizo su síntesis: “ganó el grande”.
Desde Vélez, hasta la propia familia de Zárate lo trata hoy de “Judas”. Leí a hinchas habitualmente reflexivos, estudiosos de la locura que produce el fútbol, desearle lo peor, la lesión más dolorosa, al jugador que creció en el club y volvió de Europa jurándole amor eterno, hasta que se fue a Boca. Exjugadores o compañeros suyos de Vélez doloridos porque, en lugar de enojarse con hinchas que lo habían insultado en la ida en Liniers, Zárate ofendió “a la institución que lo contuvo” cuando desde que tenía cinco años pateaba contra el muro de la cancha auxiliar del Polideportivo, como recordó Juan Herbella en su columna habitual en el diario Perfil. Herbella dice que cambiar de club es lógica básica del fútbol profesional y que, guste o no, volver a la primera cancha pero con otra camiseta suele herir “susceptibilidades” y hasta produce “agresiones e insultos” dolorosos, como a él mismo le sucedió. Pero que el futbolista debe saber diferenciar entre fanáticos sacados y el club formador. Y jamás ser ingrato con ese club.
Es cierto, a Zárate hasta le amenazaron esposa e hijos. Y también es cierto que el fútbol argentino sabe de ofensas mucho más graves que tratar despectivamente de club “chico” al club que fue formador. “Sobre la grandeza y la pequeñez”, justamente, escribió desde Brasil Walter Kohan, filósofo argentino hincha de Vélez. Kohan dijo que Zárate tenía razón. Que, efectivamente, el jueves pasado en la Bombonera había ganado “el más grande de Argentina”, aunque Zárate, aclaró Kohan, no dijo qué entendía él “por grandeza”. Porque de equipo grande habló también esa misma noche Darío Benedetto. Y del “más grande” habla siempre el todopoderoso presidente Daniel Angelici. Da la sensación que Boca, enojado por cómo se resolvió la final de la Libertadores en Madrid, convierte en épica cualquier victoria emotiva, aunque sea en su casa y ante un rival “chico”. Jugando mal y pasando por penales. Y no en una final, sino en cuartos de un torneo tan improvisado como esta Copa de la Superliga. Ostentar “grandeza” en un contexto así, sugiere el filósofo Kohan, termina siendo un búmeran. Desnuda si acaso la grandeza actual de Boca es porque el club de Angelici “maneja políticamente la AFA”. Y porque también tiene una chequera que le permite manejar “el negocio del fútbol argentino”. Y manejarlo “descaradamente, sin ninguna otra ética que la del provecho propio”, porque “así compró Boca a Zárate”, recuerda Kohan.
Del lado de Boca, leo textos de analistas habitualmente reflexivos. Afirman que Zárate se ha recibido ahora de ídolo en Boca. Porque ya sabe lo que es jugar en Boca. “En un grande como Boca”, destacan. Discutir de “grandes” y “chicos”, con un infantil Zárate en el medio, alimenta el morbo del que habló Más. Al día siguiente del partido, el colega Ariel Scher se preguntó “por qué la cámara” apuntó siempre a Zárate. Por qué siguió haciéndolo especialmente durante la ejecución de los penales. Porque se instala un sistema de comunicación, nos responde Scher, “que produce gente que provoca y que es provocada, que irrita y que es irritada, que hace daño entronizando la pavada y que es, a la vez, dañada por la entronización de la pavada”. Otro colega, Juan José Panno, escribió sobre “la máquina de odiar”. La máquina que, prácticamente, nos impide hablar del “buen trabajo que viene haciendo el Gringo Heinze en Vélez o de lo bien que juega el pibe Thiago Almada”. Es una misión imposible. Porque “en la mayoría de los programas deportivos de la radio y la TV -dice Panno- se manipula, se acerca leña para incentivar que otros terminen echando nafta al fuego ya encendido por ellos”. Por eso la cámara privilegia al eventual insulto del jugador que sale reemplazado. Se ensaña con el error. Apunta siempre a Zárate. Y “la maquinaria que funciona a full para fomentar el odio entre pares nos termina envolviendo a todos”, dice Panno, que cierra casi con un ruego: ¿No deberíamos parar un poco la pelota?”.

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