Exequiel Palacios y Nahitan Nández en plena discusión.
Exequiel Palacios y Nahitan Nández en plena discusión.
OPINIÓN

Una final que todavía está abierta

El saludo del Muñeco Gallardo desde el Monumental se contrapone demasiado con esa arenga furiosa de Carlos Tevez a sus compañeros en el tibio saludo final de Boca a una Bombonera que vivió fiesta en paz, después de tanta previa insoportable. Digna final de ida de la Libertadores, escenario inédito de nuestro Superclásico.
La Conmebol hasta mandó policía al vestuario de River, pero Gallardo dio su gran golpe sin necesidad de incumplir esta vez la prohibición de dirigir a su equipo. La inclusión de Lucas Martínez Quarta para una última línea de cinco dio control en defensa, pobló el mediocampo y permitió a River ser gran dominador del primer tiempo, aunque se fue al vestuario 1-2.
Se lo debe agradecer al hasta hace poco discutido Agustín Rossi, que tapó unas y se salvó en otras, porque River desperdició cuatro situaciones claras en un primer tiempo que, cuando parecía caerse, se electrizó con dos goles en menos de un minuto. Boca golpeó en su primera jugada asociada con un doble remate de Wanchope Abila, el segundo con resistencia débil de Franco Armani. Pero River respondió de inmediato, con Pity Martínez habilitando hábil a Lucas Pratto, que definió muy bien.
El cabezazo final de Darío Benedetto –ingresado por el lesionado Cristian Pavón- dio vida a los 50 mil hinchas que colmaron la Bombonera, aunque Boca abusó del pelotazo y le costó elaborar juego, todo lo contrario de River, más fino, veloz y asociativo. Por eso fue justo el 2-2, gol en contra de Carlos Izquierdoz sí, pero tras un tiro libre magistral del Pity. La final de ida, hay que decirlo, fue todo lo contrario de lo esperado. Hasta consagrados exjugadores pronosticaban un primer duelo casi estático, como esperando el segundo, donde sí habría que jugarse el todo por el todo. Pero “Napoleón” Gallardo sorprendió otra vez y desnudó a Boca, igualmente peligroso porque confirmó que no precisa jugar bien para marcar goles. Se conformó así un partido vibrante por el juego, no por cuestiones extrafutbolísticas, como venía sucediendo en muchos de los últimos Superclásicos. No hubo violencia y ni siquiera hizo falta usar el VAR.
A Boca le queda el dolor de haber sido otra vez dominado por River en su propia casa. Pero la sensación de que, aún así, pudo terminar victorioso, de no ser por la tapada final milagrosa de Armani sobre Benedetto. Y le queda también el aliciente de una vuelta olímpica en el Monumental. Pero por algo el Muñeco Gallardo celebró eufórico en su casa. Vio que River juega mejor. Que le faltará el colombiano Borré, pero estarán Scocco y el capitán Ponzio. La final que todos querían, todos menos los propios hinchas de River y de Boca, temerosos de que una derrota se haga eterna, terminó agradando en la ida, beneficiada porque hubo errores claros que posibilitaron los goles. Pero también porque, a su manera, los dos buscaron el arco rival. Lo buscó mejor River, es cierto, pero Boca también lo encontró. Es una final todavía abierta.
La Conmebol (no la Superliga, claro) también quedó satisfecha. La Conmebol había quedado el sábado en el centro de las críticas. La tardía suspensión por la lluvia parecía confirmar el caos sudamericano. “Fútbol de verdad, no de play station”, llegó a jactarse sin embargo su presidente, el paraguayo Alejandro Domínguez. Sonó algo patético. Como si el fútbol “de verdad” tuviera que jugarse bajo el caos, la lluvia y la sensación de salvajería, de primitivismo como oposición al moderno Primer Mundo. La llegada y la salida de la Bombonera, hay que decirlo, fueron casi perfectas y el espectáculo fue vibrante.
Es cierto, Sudamérica, cada vez más lejos económicamente, pierde dinero y cracks. Y juega finales en estadios de 1940 como la Bombonera. Pero el Superclásico dio espectáculo. Eso sí, con hinchada única, pese al pedido oportunista del presidente Mauricio Macri. Así volverá a suceder en el Monumental. Y, aunque duela, hoy es lo mejor. No hubo siquiera sospechas de juegos de poder político en la final de ida. Fue un gran espectáculo de fútbol. Como si fuera poco para el fútbol nuestro de cada día. Son finales, claro, de 180 minutos. O de 210 y acaso penales. Y la posibilidad de que el rival hasta celebre en propia casa. Para uno y para otro permanece el temor a la derrota histórica. A arruinar un siglo de existencia. ¿Habrá que creer que es realmente así? Parece imposible que los hinchas más fanáticos (no hablo de los barras) recuerden al exDT de la Colombia de los tiempos de narcofútbol, Francisco Maturana, cuando le preguntaron por la euforia del 5-0 a la Argentina del Coco Basile en el Monumental en 1993. “No pasa nada –respondió entonces Maturana-, al día siguiente tendremos que volver a llevar a los niños a la escuela”.

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