Boca-River 1962. Penal para la banda roja. Patea Delem buscando el empate. Ataja Antonio Roma.
Boca-River 1962. Penal para la banda roja. Patea Delem buscando el empate. Ataja Antonio Roma.
FÚTBOL

Superclásicos de película

A lo largo de una historia cuya riqueza por estas mismas horas es fuente de interés de buena parte de la comunidad futbolera internacional, se han jugado decenas de Superclásicos dignos de ser recordados de forma especial y, entre ellos, varios con momentos de corte cinematógrafico.
Desde luego que todo recorte sufre de cierta dosis de arbitrariedad, como arbitraria, selectiva y antojadiza es la memoria y la ponderación que cada hincha hace de los episodios, según se inscriban sus devociones y sus repulsas.
A riesgo de que se incurra en omisiones en esa perspectiva se reponen cinco fotogramas que han sabido trascender con inusitada intensidad:

"Aire, aire"
El domingo 9 de diciembre de 1962 Boca necesitaba ganar para superar la línea de River y River necesitaba por lo menos un empate para llegar a la última fecha con chances de salir campeón. Era la primera vez que alcanzaban tales instancias igualados en el puntaje.
Boca se pone en ventaja con un penal ejecutado por el brasileño Paulo Valentim y a cinco minutos del final es River el que dispone de la célebre "pena máxima". ¿Quién da un paso adelante para hacerse cargo del presunto trámite? Otro brasileño, Delem, que despide un derechazo bajo, algo mordido, a la derecha de Antonio Roma.
El Tarzán Roma saca la pelota al córner. Bulle la Bombonera, un puñado de jugadores de River, pero no el propio Delem, atribulado, hace notar al árbitro lo evidente: Roma se había adelantado.
Fastidiado, el juez Carlos Nay Foino inmortaliza el valor de una ley no escrita: "Aire, aire, penal bien pateado es gol".



En el metegol no hay empate
En aquellos tiempos no había fixtures amañados, era a suerte y verdad, tocaba lo que tocaba, y ya.
Así, en la primavera de 1972 el estadio José Amalfitani es escenario del partido interzonal entre River y Boca, en ese orden.
Hay nueve goles, uno antes del primer minuto y en tiempo de descuento. A los 9 del primer tiempo River se adelanta por 2-0 pero a los 6 del segundo Boca se pone 4-2. Los hinchas xeneizes exaltan un hiriente coro destinado a las presuntas "Gallinas".
Pero River ofrece un admirable cóctel de corazón, fútbol y goles. Descuenta Pinino Más, empata Carlos Morete y cuando cae la última ficha el Puma sella el 5-4, el pleno, el éxtasis de la remontada soñada: arremete y en la misma línea del arco su derechazo sin remilgos saca chispas a la red.

A la posteridad de cabeza y con la nuca
Hugo Romeo Guerra fue un más que aceptable delantero uruguayo, respetado y querido por su condición de caballero de las canchas, que a los 52 años dejó este mundo el 11 de mayo último, en Arrecifes.
Guerra vistió unas cuantas camisetas y destacó de forma especial en Gimnasia y Esgrima La Plata, pero su instante glorioso tuvo lugar en la Bombonera cuando faltaba poco para terminar el partido más relevante de la sexta fecha del Apertura de 1996.
Es de ida y vuelta, frenético, tome y traiga, dame que te doy. Gol de Pompei, gol de Salas, gol de Cedrés, gol de Sorin y esto se acaba, señores.
Pero no se vaya que ahora viene lo mejor: centro llovido, Guerra salta e impacta la pelota de manera poco ortodoxa, Burgos la ve pasar, en el campo Bilardo grita, en el palco Maradona revolea la camiseta.
El autor del gol jura, juró, que fue un cabezazo limpio. La historia solo la reconoce por el membrete "El nucazo de Guerra".

Con las muletas también vale
River había ganado 2-1 en el Monumental y si se llevaba un buen resultado de la Ribera era semifinalista de la Copa Libertadores de 2000.
La semana venía picante en el intercambio de declaraciones y cuando el Tolo Gallego se enteró de que Carlos Bianchi contemplaba poner a Martín Palermo, de extensa inactividad por una lesión sufrida en Santa Fe, se despachó con el sarcasmo: "Y bueno… por ahí yo lo pongo a Enzo".
El oriental Francescoli ya se había retirado, pero Palermo no.
Palermo espera en el banco, cuando Boca se pone 2-0 y Bianchi ordena su ingreso, se ubica en su zona preferida, queda en buena posición y aunque se demora una eternidad rubrica su proverbial optimismo y la profecía autocumplida de los paralizados defensores de River. Es "El gol de la muleta".



El cielo y el infierno
E
l 27 de noviembre de 2014 el River por entonces ya dirigido por Marcelo Gallardo eliminó a Boca en las instancias semifinales de la Copa Sudamericana.
En el partido de ida, en la Bombonera, habían empatado 0-0 y en el Monumental venció River con un gol de Leonardo Pisculichi, pero la acción cumbre de ese decisivo encuentro fue consumada por Marcelo Barovero mano a mano con Emmanuel Gigliotti.
De entrada, nomás, foul dentro del área de Ariel Rojas en perjuicio de Marcelo Merlí. Sanción, penal.
Gigliotti opta por un remate suave y el manotazo diestro de Barovero, "Trapito", alimentará la leyenda de los hinchas de River que hasta hoy mismo sostienen que esa atajada se gritó más que un gol.
"Por esa jugada me fui de Boca por la puerta de atrás", se lamentó más de un vez quien es, hoy, el principal anotador de la Superliga.

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