PASIÓN POR EL DEPORTE

Los Calogero, una familia de árbitros

La historia comenzó con Aníbal que hoy tiene 66 años. Sus hijos Aldo y “Tato” continuaron el legado. Franco, el hijo de Aldo, hoy tiene 22 y ya lleva unos treinta partidos dirigidos en la Primera división del fútbol local. Los cuatro aman lo que hacen y son protagonistas centrales de una linda historia.

La historia de la familia Calogero en el arbitraje comienza con Aníbal. Este hombre que hoy tiene 66 años nació en Chaco y llegó a Junín siendo un chico. Nuestra ciudad lo recibió con los brazos abiertos y aquí fue donde creció, trabajó y hasta pudo formar una linda familia que hoy es su gran motivo de orgullo.
Aldo practicó fútbol en el club Defensa Argentina. Jugaba en el mediocampo y recordó con mucha alegría haber salido campeón con la Quinta división. Después de eso, el tema del arbitraje comenzó a formar parte de su vida. Los inicios fueron casi por casualidad pero con el paso del tiempo aquel hobby se transformó en un estilo de vida.
Sobre sus comienzos, en diálogo con Democracia, recordó: “Yo tocaba el trombón en la banda musical del ejército. Ya había dejado de jugar al fútbol y quise probar con el arbitraje. Tenía 24 años. Después de eso no paré hasta casi los 50”.
En aquellos primeros pasos, primero fue asistente en partidos de divisiones inferiores y luego comenzó a dirigir en la Primera división del fútbol local. Durante 25 años, Aldo impartió justicia en encuentros picantes, en clásicos de Junín y la zona. Y todo lo hizo con mucha honestidad, por eso es que cosechó respeto y una gran cantidad de amigos.
Sobre su trayectoria, remarcó: “Uno ha dejado a la familia para ir a dirigir, ha hecho mucho sacrificio que por ahí la gente no sabe, pero lo más importante es la cantidad de conocidos y amigos que he podido lograr durante tantos años. Ese es el principal orgullo que tengo, ese y el hecho de que en mi familia hay muchos que hay continuando con esta pasión”.

Aldo Calogero, el primero en continuar el legado de Aníbal

El primero en continuar con el legado de Aníbal fue su hijo mayor, Aldo Calogero, quien ya lleva 30 años en la profesión y quien hoy en día es uno de los árbitros más reconocidos de la Liga Deportiva del Oeste.
Sobre la transmisión de esta enorme pasión, Aldo dijo: “Yo tendría diez años cuando lo acompañaba a mi papá a las canchas. Le llevaba el bolso y lo ayudaba con las planillas. Comencé desde muy chico a mamar esto y gracias a Dios pude continuar con algo muy lindo que comenzó mi padre”.
Sus inicios fueron allá por julio de 1985. En aquel entonces, el árbitro Oscar Núñez le propuso dar los primeros pasos y Aldo aceptó sin saber que estaba comenzando una carrera que le daría muchas alegrías.
“Mi primer partido fue como asistente, en un encuentro de reserva, entre Sarmiento y Flandria. Me tocó hacer de asistente justo al lado de la parcialidad visitante. Me putearon de lo lindo, pero tomé algunas decisiones que me hicieron sentir muy seguro”, contó a Democracia.
De aquel debut como asistente pasaron casi 30 años. Un tiempo necesario para sembrar y cosechar miles de anécdotas. Entre ellas, jamás podrá olvidar la experiencia vivida en Capital Federal, cuando después de recibirse de árbitro de AFA se radicó allí para probar suerte.
“Tuve la oportunidad de ser asistente en varios partidos de reserva, en la Primera división. Hasta que en 1998, por problemas personas, me volví a radicar en Junín”, detalló.
Tras el regreso, su carrera continuó creciendo. Dirigió decenas de partido importantes, de esos que ante el mínimo error la cosa se puede poner complicada. Pero Aldo lo sabía y por eso siempre se preparó para estar a la altura de las circunstancias.
Ya casi pisando los 45 años, Aldo está a punto de dejar la actividad pero seguirá ligado a la profesión como instructor. Experiencia y conocimientos le sobran, por eso es que se mantiene vigente, activo y muy feliz con todo lo realizado.
Y si hay algo que también lo conmueve es la presencia de su hijo Franco en las canchas. Otro de los herederos en esta historia.

“Tato” y Franco, la tercera generación de árbitros de AFA

Franco representa a la nueva generación. Tiene 22 y comenzó a los 18. Está dando sus primeros pasos, ya dirigió unos treinta partidos en la Primera división del fútbol local y está muy cerca de transformarse en árbitro de AFA.
Sobre sus primeros pasos en el arbitraje, contó: “Arranqué por una invitación que me hizo mi papá para hacer de línea en el torneo de la Unnoba. La primera vez fue algo normal, en algún punto me sirvió como changa, pero después mi papá me dijo que lo pensara bien, que él creía que yo podía tener condiciones”.
“La experiencia en el torneo de la Unnoba me sirvió para tomar confianza. Después me sumé a la liga y ahí ya comencé a dirigir en inferiores hasta que en febrero de este año tuve la posibilidad de dirigir en primera, en el nocturno, y de ahí en adelante las cosas me están saliendo bien”, agregó Franco.
El sueño de dirigir en la Primera división del fútbol argentino vive en él, todos los días. Para llegar a esa meta tiene el apoyo de su abuelo, de padre y de su tío Gustavo, que es el cuarto protagonista de esta tradición de árbitros en la familia Calogero.
A Gustavo lo conocen como “Tato”. Es hijo de Aníbal y hermano de Aldo. Tiene 33 años y hace 17 que es árbitro profesional. Comenzó su carrera en Junín y continuó en Capital Federal, donde hoy se encuentra radicado.
“Tato” dirige Federal B y C. Y al ser consultado por Democracia sobre sus inicios, contó: “Mi papá y mi hermano me transmitieron esta profesión que hoy en día significa mucho para mí. No sólo desde lo económico, sino también como forma de vida. He conocido muchos lugares y mucha gente gracias al arbitraje”.
De esta manera, está claro que en la familia Calogero se respira fútbol. La pasión por el arbitraje ha sabido perdurar ante el paso de los años. El silbato y las tarjetas forman parte de una vida cargada de emociones, de anécdotas y sueños.
La expectativa por llegar al fútbol grande de la Argentina hoy está depositada en Franco. Allí se concentra la ilusión de todos y esa esperanza se vive con el mismo entusiasmo que tuvo Aníbal, cuando por primera vez pitó el inicio de un partido.

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