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MARKETING APLICADO

Circo

El impacto como medio.

Una vez más, en muchos medios de comunicación, gana el impacto como elemento que le tuerce el brazo al contenido. Un triunfo efímero y cortoplacista que no construye lazos duraderos sino pequeñas victorias que pueden ser batallas pero no guerras.
Los links en las redes sociales tienden la trampa y, fiel al refrán, la curiosidad mata al hombre: “¿viste el escándalo del reconocido artista?”. Al ingresar a la nota se trata de un actor que trastabillo por unas copas de más y es víctima de las sentencias: “borracho”.
Grandes titulares o fotos impactantes caen a modo de estigma sobre personas con mayor o menor repercusión. El punto es que muchos de ellos no tienen las herramientas para exponer lo contrario a lo que expresa dicha imagen. Tan sólo un rasgo es suficiente para condenarlo. Tiene cara de “drogón”, habla balbuceante por lo que entonces es “drogón” o sale de noche entonces por lo que está de “reviente”.
La imagen gana por estos días y como publicista lo tengo bien claro. También tengo en claro que gana mucho más quien trabaja dicho recurso siendo fiel a lo que hay detrás, bien adentro. No quiero presumir de romántico, al menos no en este espacio, pero confío en que la gente a fin de cuentas se da cuenta de quién está detrás de la pluma.
Sin pretender una clase publicitaria que a nadie le interesa, el esfuerzo debería estar en crear contenidos interesantes en lugar de aparentarlos para atraer y crear decepción. Éste quizá sea el error más grande de un publicista, generar la atracción hacia el objeto para que la gente se “amontone” sobre la góndola para luego desechar la propuesta por repugnante.
El impacto es tan sólo una herramienta de la comunicación profesional, tan sólo un elemento necesario para despertar el interés y luego retener con algo más, con una propuesta que enamore desde su fidelidad con la realidad. Ahí radica el verdadero desafío, en construir contenidos reales.
Los actores salen a escena y la gente es la que decide por lo que todos deberíamos hacer la autocrítica sobre los medios que consumimos o al menos no reprocharnos nada después. Está claro, sin escenario no hay escena y sin escena no hay público que pague la entrada; ahora bien, una vez sentados en la butaca sólo resta brindar un buen espectáculo. El tema está abierto y que cada uno se ponga el saco que le corresponde a su talle. Hasta la semana que viene.

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