OPINION

La era de la madurez

La política argentina se ha movido en los últimos 30 años de manera cíclica. Desde la recuperación de la democracia hasta nuestros días, tres grandes períodos políticos pueden identificarse con claridad, todos ellos duraron aproximadamente diez años y vieron su final al mismo tiempo que los procesos económicos que los caracterizaron sucumbían.
Esta reincidencia histórica ha comenzado a percibirse hoy con características similares a las de los procesos anteriores. Agotamiento de la imagen pública del gobierno, decaimiento de la economía general y creciente mal humor social.
Este proceso de desgaste de un gobierno no puede convertirse en un proceso de desgaste del sistema político, deberá para ello el oficialismo entender que ya no es mas el tiempo de las antinomias irreductibles, de las confrontaciones salvajes y que cada partido en el momento que le toca gobernar hace sus aportes ideológicos para conformar así, uno a uno, cada cual en su tiempo, los objetivos comunes de una Nación.
El desafío de la política actual es poder llevar adelante el proceso de sucesión política sin tener que vivir situaciones traumáticas ni de conflicto social y en esa tarea deben concentrarse hoy los partidos de la oposición que de manera absolutamente legítima aspiran a gobernar los próximos años este país.
A esa legitimación, que nace de la propia acción política primero y luego del voto popular, debe contraponerse también la responsabilidad de transitar el tiempo futuro con una mirada integradora de la historia. No puede imponerse más en la política argentina la teoría pendular de que cuando uno llega al poder lo que el gobierno anterior hizo no sirve más y debe reconstruirse todo desde el punto cero.
La democracia es un sistema de gobierno que establece como característica natural la alternancia en el poder, porque natural es la elección de los gobernantes por el voto popular de manera periódica y quien ejercita esa acción es el ciudadano que integrado en la sociedad y a partir de sus intereses momentáneos, modifica el rumbo político de las democracias. La agenda política la marcan las necesidades de la gente y en la tarea de resolver los problemas de la coyuntura se pone en juego la posibilidad de pensar el largo plazo. No hay largo plazo sin no se resuelve la coyuntura, hecho que da estabilidad política para planificar.
Ese es el tiempo que nos toca vivir, el de los acuerdos programáticos para reconocer y resolver los problemas urgentes y acordar y proyectar los objetivos importantes. Nuestra democracia después de treinta años de permanencia ininterrumpida como sistema político, debe entrar de una vez en la era de la madurez. Para construir un futuro común, donde la política permita discutir los matices de la coyuntura a través de la herramienta sagrada de la dialéctica pero teniendo claro los puntos comunes que el futro requiere para constituir el sueño trunco de una Nación para todos.



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