MIRADA ECONÓMICA

¿En qué se parecen los nuevos impuestos al matrimonio?

Si dos años atrás alguien me hubiera dicho que me iba a casar, me habría reído a carcajadas. Sin embargo, unos pocos meses después conocí a Graciana; una combinación de complicidad, confianza, lealtad y ternura que le valió las cinco mayúsculas que la definen como MUJER.
No fue fácil el trayecto de todos modos, tuve que aceptar la intromisión de un televisor al que me resistía estoicamente desde hacía años, y estoy en plena negociación por el lavarropas.
Hubo sí un punto de inflexión en la relación y fue cuando dejé de pensar en el hoy, el ahora y el mañana; cuando me animé a proyectar un viaje imaginario a un futuro lejano en el tiempo, desde el que volví la vista atrás y, parafraseando al Nano Serrat, vi la senda que nunca habría de volver a pisar.
Vi mucho más que una compañera y una mujer extremadamente bonita; vi una madre excepcional y sentí la confianza de saber que ella era la persona con la que había soñado toda mi vida. Supe entonces que sería la madre de mis hijos.
Así y todo, debo confesar que la idea del matrimonio no me terminaba de cerrar, pero después del quincuagésimo mate, Laurita Marcó me convenció de las bondades de regularizar la relación, sobre todo pensando en el marco legal que contendría a mi familia.
Salí de la oficina del Rectorado y entré a la joyería. Compré las alianzas, esperé el aniversario y me tiré del trampolín más alto.

Matrimonio y algo más

Luego vino la noticia del embarazo, la decisión del adelanto, los preparativos y una conversación con Enrique Placente que me cambió totalmente la perspectiva, porque me enseñó que el matrimonio, además de ser un contrato civil y una institución diversificadora de riesgos, como los mercados de capitales, era básicamente un mecanismo que servía para pensar dos veces, antes de tomar una decisión apresurada. Un artificio que lograba que la perspectiva trascendiera el tiempo presente y se fijara en el largo plazo.
Sé que todo esto parece un poco loco para tratarse de una columna de Economía, pero hoy me caso y no puedo evitar que la coyuntura me domine por completo.
Había pensado en una nota más formal, en un análisis de los nuevos impuestos propuestos por el oficialismo para juntar los fondos que acaba de resignar por la baja de Ganancias.
Confieso que incluso busqué consejo en la Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero, la obra maestra del economista inglés que es habitual fuente de mi iluminación.
Abrí la página 168, del capítulo 12, en la que Keynes se refiere a la especulación en Wall Street y dice: “La implantación de un impuesto fuerte sobre todas las operaciones de compraventa (de acciones) podría ser la mejor reforma disponible con el objeto de mitigar en los Estados Unidos el predominio de la especulación sobre la empresa”… y continúa: “El espectáculo de los mercados de inversión modernos me ha llevado algunas veces a concluir que la compra de una inversión debe ser permanente e indisoluble, como el matrimonio, excepto por motivo de muerte o de otra causa grave, y esto será un remedio útil para nuestros males contemporáneos; porque tal cosa forzaría a los inversionistas a dirigir su atención solamente a las oportunidades de largo plazo; pero un pequeño examen de este recurso nos lleva a un dilema y nos muestra cómo la liquidez de los mercados de inversión, a menudo facilita, aunque algunas veces impide, el curso de las nuevas inversiones”
Por un momento pensé que Keynes lo había leído a Placente, pero la ocurrencia se me antojó rápidamente implausible.

El largo plazo

Como quiera que haya sido, la metáfora resulta brillante, en el sentido justamente metafórico de la palabra, porque echa luz sobre el contraste que existe entre la rigidez de un contrato que eleva notablemente los costos de salida, favoreciendo los proyectos de largo plazo, pero al mismo tiempo desincentivando la entrada de nuevos interesados.
La decisión del gobierno de gravar impositivamente la compraventa de acciones, pone una traba que obliga a repensar la decisión de abandonar un emprendimiento, pero también limita las chances de que alguien se anime a iniciar una nueva empresa.
El agregado de cobrar ganancias a los dividendos repartidos por las compañías, además del problema de doble imposición que lo invalidaría (porque las sociedades ya pagan el 35% de Ganancias antes de distribuir los dividendos), genera un incentivo perverso a la búsqueda de la ganancia extraordinaria de capital por encima de obtención de una renta repetitiva y habitual.
La combinación de las dos medidas juntas sólo puede comprenderse a partir de la voracidad fiscal de un Gobierno al que nada parece alcanzarle, porque la primera de ellas genera incentivos para que las empresas paguen dividendos y la segunda para que no lo hagan.
A los efectos prácticos, es como prohibir el divorcio (el cambio de empresas) pero ponerle un impuesto al producido del matrimonio (los dividendos).
Una de cal y una de arena.

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