tren trasandino
Fue una de las epopeyas de la ingeniería sudamericana.
DEJÓ DE CIRCULAR EN 1984

El trasandino, un tren que iba de Buenos Aires a Valparaíso y pasaba por Junín

La máquina partía de Retiro, a orillas del Río de la Plata y el Atlántico, pasaba por nuestra ciudad y llegaba a la ciudad de Mendoza, donde se combinaba con el ramal trocha angosta que tenía como destino final la costa pacífica de Chile.

El tren trasandino de Buenos Aires a Valparaíso, una de las epopeyas de la ingeniería suramericana del siglo XX, empezó a funcionar un mes de abril de 1910 y al día de hoy se ven sus vestigios a los pies del Aconcagua, luego de más de 30 años de su último viaje. “Generó bastantes problemas como las trazas, las pendientes, las nevadas, las avalanchas… Tenías unos inviernos muy largos y requería de mucho personal, era supercomplicado”, cuenta el argentino Mario Sebastián Tébez, encargado y restaurador de la antigua estación de Las Leñas del Tolosa (Mendoza), a más de 3.000 metros de altura y pocos kilómetros de la frontera con Chile.

Una odisea del Atlántico al Pacífico
Tébez, especialista en la historia el tren trasandino, explica que la parte de la cordillera chilena fue todavía más compleja de construir: “Estamos hablando de gente que trabajaba colgada a 1.000 metros de altura con explosivos y taladros”.
El recorrido, según los antiguos mapas, duraba un día, “pero en realidad los horarios eran mucho mayores porque siempre tenían un problema, sobre todo en los tramos de alta montaña”.
La máquina partía de Retiro, a orillas del Río de la Plata y el Atlántico, pasaba por Junín y llegaba a la ciudad de Mendoza, donde se combinaba con el ramal trocha angosta que tenía como destino final la costa pacífica de Chile, en la turística Valparaíso.
“Por eso también no continuó, por esas dificultades”, dice sobre ese ferrocarril de altura, que interrumpió para siempre su servicio en 1984, cuando dejó de ser provechoso tanto para pasajeros como para mercancías.
En 2013, Tébez, de 43 años y natural de Rosario, en el otro extremo del país, viajó a la Cordillera de los Andes y subió en bicicleta hasta la frontera del paso internacional de Los Libertadores.
Allí vio una antigua estación abandonada con el hierro de las vías todavía intacto a su lado; a cinco kilómetros de allí se encontraba la entrada del parque provincial Aconcagua, que da acceso a la montaña más alta del continente americano, a 6.962 metros sobre el nivel del mar.
“Vi el potencial de todo eso. En realidad no era fanático de los trenes, pero ahí me despertó el amor a los trenes y a las montañas. La historia del ferrocarril trasandino es muy interesante”, afirma.

Un museo 
Narra que en origen fue una idea de los empresarios ferroviarios ingleses, que empezaron su construcción a finales de siglo XX, y dan cuenta de ello la inmensa cantidad de objetos que pertenecieron al ferrocarril y que a través de compras y donaciones han pasado a sus manos.
Velocípedos de vía, señales electroneumáticas inglesas, faroles de señalización y mesas telegráficas son solo algunos de los objetos.
Tal es la cantidad de material que un pabellón de la estación lo ha dedicado a un museo que tiene decenas de reliquias, desde elementos del trasandino a unas fotos que le donó un antiguo maquinista de ese ferrocarril, el ya fallecido Julio Monzalvo.
En su trabajo de fotógrafo aficionado, Monzalvo reflejó el arduo trabajo de llevar ese tren a los cielos y los parones por la nieve que se llevaba por delante cobertizos enteros que se levantaban para intentar proteger a la máquina y de los que hoy apenas quedan un par en pie.
Precisamente, de Monzalvo es el objeto que más aprecia Tébez, una tetera que el maquinista usó en aquellos viajes: en la caldera calentaban el té y el mate.
“Es una pieza muy pequeña pero está cargada de historias y las escuché directamente de la persona”, afirma.

El sueño de revivir el tren
Ahora él vive allí, alejado del ruido de Rosario y en contacto con los pobladores de esa aislada zona, relacionados con la historia del tren y supervivientes de fieros aludes. Tébez alberga esperanzas de que la zona se revitalice.
“Imaginate la importancia que tendría un tren turístico y patrimonial acá para gente nacional y para el extranjero. Está muy latente esa posibilidad así que estamos a la espera de que se pueda realizar”, asevera.
Y mientras eso toma forma, trabaja para que escuelas mendocinas realicen visitas al museo para que los niños aprendan la historia de ese ferrocarril abandonado pero legendario.

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