hugo terni
Con más de cuarenta años en el oficio, Hugo Terni fue el primero en abrir un lavadero de autos artesanal en Junín.
RECONOCIDO EMPRENDEDOR DE NUESTRO MEDIO

Hugo Terni: “El capital más grande que tuve fue mi clientela”

Después de desempeñarse en una concesionaria y en una estación de servicio, fue el primero en abrir un lavadero artesanal de autos en Junín, que mantuvo por más de treinta años. Superó momentos críticos pero la pandemia lo obligó a cerrar.

La historia de Hugo Terni es la de un emprendedor que se hizo de abajo, que la peleó siempre con mucho esfuerzo, que pudo sobreponerse a todas las crisis que cíclicamente se producen en nuestro país y que, finalmente, fue la pandemia la que lo obligó a cerrar definitivamente el lavadero de autos que había mantenido por más de treinta años.
Pionero en el oficio del lavado artesanal de vehículos, cuenta con una larga trayectoria en la actividad, en la que forjó una enorme clientela y un gran reconocimiento.

“Yo hubiese seguido, pero la pandemia no nos lo permitió”.

De Alem a Junín
Terni nació en Leandro N. Alem, ciudad en la que se crio. Pero a los 16 años se fue a Arenales a trabajar en Coliqueo, una fábrica de carrocerías y furgones. Ahí se puso de novio y se casó.
En 1978 se trasladó a Junín: “En esa época estaba difícil la situación, faltaba trabajo y me vine a esta ciudad a buscar un futuro mejor. Llegué sin nada y sin conocer a nadie. Era joven y tenía gana de crecer”, explica.
Según dice, “en esa época en Junín había más fuentes laborales, era más difícil conseguir una vivienda para alquilar que un empleo”. Es por ello que, al poco tiempo, ya tenía tres trabajos: a la mañana se desempeñaba como repartidor de la fábrica El Récord, a las 14 entraba en la concesionaria Peugeot y desde la tardecita vendía suscripciones del diario Democracia.

“Siempre me manejé con mucho orden y mucha dedicación”.

Lavado de autos
Fue Pedro Rosenthal, el jefe de taller de la concesionaria, el que le ofreció hacerse cargo del lavadero del lugar y le enseñó todos los pormenores de la actividad. “Me explicó cómo sacar los bichos que estaban pegados, la limpieza debajo de los guardabarros, el cepillado de vidrios y zócalos, cómo lavar la parte de arriba con una rejilla, el secado, repasar los vidrios, hacer el interior, aspirarlo, todos y cada uno de los detalles”, recuerda.
Allí permaneció dos años y a mediados de 1980 se fue a trabajar como empleado a la estación de servicio Esso que estaba en España y Cabrera. A los dos meses, el propietario le propuso que fuese el responsable del lavadero. “Así que me quedé ahí. Era una época en que la estación andaba muy bien y tenía mucho movimiento”, dice.
Nueve años permaneció. Allí pagaba un alquiler en base al precio del gasoil, pero en un momento empezó a aumentar tanto el valor del combustible que no lo pudo mantener.

Su propio camino
En 1989 se fue y abrió su emprendimiento: ubicado en Tedín, entre 25 de Mayo y Pellegrini, Lavater fue el primer lavadero artesanal de Junín, por fuera de los que había en las estaciones de servicio. 
“Muchas personas a las que atendía me siguieron y, de a poco, fui agrandando la clientela -afirma- la verdad que no me puedo quejar porque siempre viví del lavadero, con altos y bajos, como todos, con épocas buenas, regulares y malas, pero lo pude sostener”.
En 1992 se trasladó a España casi Borges, donde estuvo ocho años. Pasó al Automóvil Club, en Urquiza y Benito de Miguel, hasta que las cosas empezaron a ir otra vez mal y en el 2001 tuvo que irse. “Me achiqué y abrí en Saavedra, entre Coronel Suárez y Aparicio, donde permanecí ocho o nueve años, hasta que me ofrecieron un lugar más grande sobre Coronel Suárez y me fui para ahí”, resume.
Finalmente, el 31 de octubre del año pasado bajó definitivamente la cortina: “Cerré porque la situación estaba complicada, la venía palanqueando pero llegó un momento en que fue insostenible. La pandemia fue tremenda. Me había afectado mucho, fue muy difícil porque fueron muchos años en esto, uno lo lleva muy adentro. A través de todo este tiempo logré tener una clientela muy, muy grande, atendía algo más de mil autos, aunque no eran todos continuos”.
Si bien había atravesado otras crisis anteriormente, asevera que “esta última fue demasiado, porque afecta a todo el mundo”. Y ejemplifica: “Recuerdo que en los 80 o los 90 nos agarraban temporales de diez o quince días y con un parque automotor muchísimo más chico que el de ahora, y subsistíamos. Yo no sé si la plata valía más o qué pasaba, pero era diferente”.

“No es menor la responsabilidad porque el cliente me está dejando en mis manos un auto que vale millones de pesos, así que eso lo valoro mucho”.

Balance
En la actualidad, Terni hace tratamientos de acrílico teflón para autos, que es un recubrimiento que se le aplica a la pintura para protegerlo y darle brillo.
Aunque está bien, lamenta haber tenido que dejar el lavadero. “Me costó mucho”, insiste, para luego ampliar: “Nosotros ya veníamos mal porque, aun cuando el trabajo no había mermado, los tarifazos hicieron que los costos se fueran muy arriba. Y la pandemia fue el golpe final”.
Con todo, al momento de hacer un balance, concluye: “La verdad es que yo hubiese seguido, pero la pandemia no nos lo permitió, creo que ninguno pensaba que nos iba a llevar a esta situación. El trabajo a mí me gustaba, y no es menor la responsabilidad porque el cliente me está dejando en mis manos un auto que vale millones de pesos, así que eso lo valoro mucho. Siempre me manejé con mucho orden y con mucha dedicación. El capital más grande que tuve fue mi clientela, por eso siempre la cuidé”.

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