Buscadoras incansables: tres vidas dedicadas a la ciencia

Buscadoras incansables: tres vidas dedicadas a la ciencia

Para El Universitario. Web: eluniversitario.unnoba.edu.ar

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La primera vez que Alejandra Ise oyó hablar de biocombustibles y energía solar, le restó importancia: “¿qué tiene que ver con mi formación?”, pensó la egresada en Relaciones Internacionales de la USAL (Universidad del Salvador). Después comprendió que la energía era un recurso estratégico para los Estados, un tema trasversal que abarcaba múltiples disciplinas. Ya estaba en su base formativa, pero ahora se presentaba como un recurso fundamental, no solo en la historia universal, sino en su propia vida.

Primero fueron los idiomas, en el contexto de primaria y secundaria, la actual Licenciada se capacitó en todos los niveles, rindió exámenes internacionales y capacitaciones para docencia en inglés, francés y alemán. Esa relación intercultural, al finalizar la secundaria, la impulsó a seguir por el mismo camino, había que decidir: “traductorado o relaciones internacionales” pensó, y se volcó por la última.

Alejandra dedicó más de la mitad de su vida a la formación, y después de cinco años en Buenos Aires, volvió a su ciudad. Con el título de Licenciada enfrentó con inquietud la incertidumbre de su futuro, y realizó diferentes estudios de posgrado. Pero al anotarse en el Seminario de contexto político local y global, que se dictaba en la UNNOBA, algo comenzaría a cambiar.

El seminario lo dictaba el doctor Carlos Moneta. Y ese hombre del que tanto había leído mientras estudiaba, ahora estaba frente a ella hablando de energías renovables. “En la carrera lo había pasado por alto. Pero ahí empecé a comprender que las Relaciones Internacionales no solo abarcan temas de integración y cooperación, de conflicto, problemas globales y más, también me cautivó el medioambiente, la sostenibilidad, la conservación de los recursos, y el aprovisionamiento de la energía, que es un recurso de poder para los Estados”, recuerda Alejandra.

El “mundo UNNOBA” la acercó a Silvina Carrizo, directora del TEAM (Centro de Estudios sobre Territorio, Energía y Ambiente), y ya no quedaban dudas: había que poner en práctica el conocimiento, y la Universidad le brindaba el espacio para hacerlo. Comenzó a informarse y a estudiar sobre la integración regional en temas de energía y se sumó al TEAM. “¿Y si te postulás para una beca doctoral del Conicet?” le sugirió Silvina. Y seis meses después, “que parecieron seis años”, un 29 de diciembre, cuando se apagaban las últimas luces del año, la cara de Alejandra se iluminó con la respuesta tan esperada: “Me otorgaron la beca para realizar un doctorado de cinco años, para estudiar el desarrollo de la energía solar en la zona centro de la República Argentina, y su transformación territorial”, agrega.

La becaria del Conicet por el CITNOBA (Centro de Investigaciones y Transferencia del Noroeste de la provincia de Buenos Aires UNNOBA-UNSADA-CONICET) a medida que se adentra en el tema comienza a comprender que la energía solar es la que más visibilidad tiene en cuanto a las repercusiones sociales: “Desde megaproyectos a instalaciones más chicas. Generalmente el resultado impacta de forma positiva en la sociedad donde funciona cada recurso… para quien no tiene cómo cocinar, o calentar el agua, cosas básicas que se pueden ver y medir, el impacto social es más amplio”, agrega. Hoy se encuentra transitando el segundo año de la beca y a la par realiza la Maestría en Energías Renovables, que también se dicta en la Universidad.

Alejandra desarrolla proyectos de investigación junto al grupo del TEAM y otras Universidades sobre transiciones energéticas, sostenibilidad e inclusión. En su incansable labor hoy visualiza el futuro ya sin incertidumbres, con el firme deseo de seguir formándose y desarrollando conocimiento, ante todo para profundizar en los temas que está investigando y que, en sus propias palabras, “le dieron un sentido a todo lo que estudié… sirve, sirvió y está funcionando.”

La egresada número 12

Fue el 19 de diciembre de 2013. Imposible olvidar el día, y la fecha. Agustina Pascual acababa de egresar como Licenciada en Genética en la UNNOBA, y aún no había secado las lágrimas de emoción, cuando recibió un llamado. Un amigo le avisaba que le habían otorgado la beca del Conicet. El festejo por partida doble no llegó porque sí, detrás hay una historia de esfuerzo y formación.

Cuando Agustina terminó la secundaria en Pergamino, la UNNOBA llevaba los primeros años en la ciudad: “Al momento de decidir qué estudiar, a esa edad me gustaba todo y no me gustaba nada”, recuerda con una sonrisa a la adolescencia. Y ante la difícil posibilidad de estudiar afuera se presentaba una alternativa para la chica que de a poquito soñaba con investigar, con aprender de salud. Pero no había referencias, la Licenciatura en Genética recién se abría y el desafío era mayor, entrar a un mundo desconocido y sin saber al menos de qué se iba a tratar.

La indecisión no fue un obstáculo y dentro de la formación académica descubrió un campo de estudio amplio, y entre los diferentes enfoques se sintió atraída por el estudio de la genética del desarrollo embrionario, enfocado en el desarrollo de la vinchuca (Rhodnius prolixus), uno de los vectores del mal de Chagas.

En el CeBio (Centro de Bioinvestigaciones) de la UNNOBA pudo realizar el trabajo de su tesis doctoral, y la licenciada agregó a su currículum el título de Doctora de la facultad de ciencias exactas de la Universidad de La Plata, Área Biológica, gracias a la beca del Conicet. Esa beca que le avisaron que había obtenido, el mismo día en que rendía la última materia de la licenciatura.

Durante su tesis doctoral realizó cursos propios y externos a la UNNOBA, pero apenas finalizó la carrera, comenzó a perfilarse en la docencia. “Pude concursar un cargo de ayudante diplomada cuando me recibí, y desde el 2014 soy docente de la Universidad en las materias Bioinformática y Genética del desarrollo”, agrega. Además, es investigadora del laboratorio del Centro de Bioinvesigaciones, y está en la etapa de transición por recomenzar el postdoctorado, período en el que espera presentar los resultados del doctorado y publicarlo en alguna revista científica.

La investigación que lleva adelante la doctora Pascual se centra en el desarrollo embrionario del Rhodnius prolixus tanto a nivel informático como molecular en el laboratorio: evalúan qué genes se expresan analizando su función para ver con qué otros pueden interactuar durante el desarrollo, principalmente genes tempranos de la formación del huevo y la ovogénesis.

Cuando mira hacia atrás Agustina destaca la importancia de la UNNOBA en su vida, y agrega: “Mientras estudiaba no magnificaba lo que era la Universidad en el noroeste bonaerense, viéndolo desde afuera, como docente, o formando parte hoy veo el gran impacto territorial que tiene en la zona, al momento de brindar posibilidades que hace apenas años atrás no existían”. La egresada número doce de la carrera de Genética destaca que para los primeros graduados no había nada establecido, no había un campo claro con enfoque de trabajo, y recuerda que junto a sus compañeros arrancaron de cero. El CeBio nació en 2013 y creció a la par de sus investigadores. Hoy está formado por dos grupos, uno dedicado a la investigación de insectos y otro a la de mamíferos. “Fueron horas invertidas para que la investigación tome su rumbo, pero fue un esfuerzo que contó siempre con el respaldo de la Universidad”, agrega.


La “mamá” de los becarios

El día que te cures, no entrás a una clínica nunca más”, le dijo el psicólogo. Natalia Menite tenía dieciséis años y le habían detectado linfoma no Hodgkin (células cancerosas en el sistema linfático). Comenzó el tratamiento, viajaba de Alem a Junín, y después a La Plata hasta llegar a Gonnet. Al Centro Oncológico Mainetti, “institución a la que le debo la vida”. Quimioterapia, rayos y trasplante de médula ósea. Cuando se curó, Natalia, quiso estudiar bioquímica.

Con los últimos meses del tratamiento se cerraba la etapa escolar, y la enfermedad no le impidió finalizar con uno de los mejores promedios del curso. Había que perfilar al futuro, las ganas eran muchas y las posibilidades pocas. En Junín recién se abría el Centro Universitario Regional, y una de las propuestas era la carrera QBF (química, bioquímica y farmacia). Con una previa tecnicatura en un instituto privado, realizó las dos carreras en paralelo, lavó copas, fue moza y niñera. Hasta radicarse en Junín, viajó a dedo desde Alem, cada día que tenía que cursar.

Con la tecnicatura finalizada, Natalia decidió enfocarse plenamente en la carrera de Bioquímica. “La idea original cambió, conocí a mi marido, tuve mi primer hijo y la carrera quedó postergada”, dice la Técnica en laboratorio que después de dieciocho años en el Sanatorio, una tarde, leyó un anuncio en el diario, que cambiaría su destino. “Se buscan profesionales para el armado de laboratorio” decía. Y no lo dudó, sin esperanza, pero con seguridad, mandó el currículum.

Buscaban técnicos en laboratorio y licenciados en Genética. “Era un llamado amplio, pero lo vi como una búsqueda de aprendizaje, sentí que había llegado a cierto techo, la rutina, lo mecánico, automático me estaba absorbiendo”, recuerda Menite. Y a los dos meses llegó el llamado. Carolina Cristina (secretaria de Investigación Desarrollo y Transferencia de la UNNOBA) y Virginia Pasquinelli (actual Directora de la Escuela de Ciencias Agrarias, Naturales y ambientales) le contaron la propuesta, y en diciembre de 2013 comenzó a trabajar en la Universidad. “Acá no vas a tener techo” le dijeron, y se convenció.

Investigadores y becarios necesitaban un técnico en laboratorio: “Dejé un trabajo de dieciocho años para darle privilegio no solo a mi formación en investigación sino a otras cosas, como la calidad de vida. Para las clínicas todo es urgente, en cambio un proyecto de investigación lleva otros tiempos”, sostiene.

Natalia se entregaba a un universo nuevo, y así conoce al CIBA (Centro de Investigaciones Básicas y Aplicadas) desde los planos, los cimientos. “Tuve el privilegio de ser consultada en algunas decisiones del armado. Por eso es tan grande el sentido de apropiación, al elegir pequeños detalles que enriquecen y hacen mejor aún al lugar de trabajo, donde vas a pasar gran parte de tu vida.” agrega.

Cuando comenzaron eran seis, pero en la actualidad el CIBA está conformado por veinte personas. Y desde la limpieza del material, la esterilización, la preparación de una solución, la inyección a un animal cuando es necesario, el análisis de soluciones en el citómetro de flujo, “que en forma criolla es un contador de células”, dice, y que para su manejó realizó diferentes cursos de capacitación, Natalia cubre los frentes necesarios para que los investigadores puedan trabajar todas las técnicas: “Después de seis años estoy llena de información y conocimiento. El laboratorio no es mi vida, la vida está afuera, en mi familia, mi esposo y mis dos hijos, pero claro que es una parte fundamental. No solo al aprender, sino al colaborar de forma directa y con fines de transformación social”.

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