RECONOCIDO EXCORREDOR DE AUTOS

“Serenata” Rodríguez: “Siempre me gustó la sensación de libertad de andar a fondo”

Se desempeñó durante muchos años como piloto de fórmulas. También tuvo una importante participación en el Turismo Carretera. Desde hace años tiene el hobby de hacer autos, trenes, aviones y helicópteros a radiocontrol.

Ya de chico a Guillermo Rodríguez le gustaba ir “a fondo” en todo. Él mismo reconoce que era un tanto rebelde, pero noble. Por eso, ante las injusticias arrancaba enseguida y apretaba el acelerador. De allí debe venir su apodo, entonces, que tiene que ver con un famoso personaje que solía deambular en la zona del Club Junín cuando él era un pibe: el “Loco Serenata”.
La personalidad de Rodríguez en la vida diaria es la misma que tuvo como corredor: intrépido, osado, dando todo de sí y buscando lo mejor del vehículo que estuviera manejando. Y eso lo llevó a pasar años en monopostos y fórmulas, y unas cuantas temporadas en la categoría más apasionante del automovilismo argentino: el Turismo Carretera.

“Yo saqué lo máximo de cada auto y eso me reconforta”.

Piloto
Es probable que la pasión de “Serenata” por los autos venga de su padre, que corría en la categoría Midgets. Y fue él quien le permitió seguir ese camino. “Yo pude empezar en el automovilismo con la ayuda de mi viejo, si no hubiese sido por el apoyo de mi familia no podría haber hecho nada”, afirma.
Casi toda su carrera la hizo en monopostos. Arrancó en la Fórmula 4, con el aval de Luis Molina, “un gran tipo que ayudó a muchos pilotos”. Sin embargo, siempre le fue difícil hacer pie porque este es un deporte para el que se necesitan recursos.
“Empezamos con un Tulia XII –recuerda–, después pasamos a un chasis Donadío, que se fabrica en Chacabuco, pero tuvimos que terminarlo en el garaje de mi casa, porque siempre fue muy complicado esto. Luego armamos un grupo muy lindo, en el que estaba Raúl Franco, Gustavo Nicolai y unos cuantos más en el que hacíamos todo nosotros. Con poco dinero no podíamos ganar, pero andábamos adelante”.
Más allá de que le faltó continuidad, se dedicó a esto durante muchos años. Hasta que se decidió a dar un salto.

Corredor de TC
Fanático de Chevrolet de toda la vida, “Serenata” soñaba con correr con uno en Turismo Carretera. Y pudo darse el gusto “de viejo”, dice risueño, pisando sus 30 años.
“El auto lo hicimos acá, con un par de amigos: compré una Chevy blanca y la preparamos”, relata. Pero acá también era todo a pulmón. Rodríguez recuerda entre risas que la primera vez que dio una prueba para ver si lo admitían, el “gaucho” Martínez Boero y Roberto Mouras, que oficiaban de veedores, le dijeron: “Es increíble, cómo hacés para que doble este aparato”.
Pero al tiempo obtuvo la licencia para correr en TC: “Me sentí muy bien. A mí siempre me gustó la adrenalina y la sensación de libertad que me genera andar a fondo en un auto. En esa época era una locura, en cada carrera a la que iba había 50 o 60 mil personas, llegaban tres días antes y se quedaban. Y había hinchadas muy grandes”.
Siempre fue cuesta arriba. “El Pelado Calamante por ahí cambiaba los pistones y yo agarraba el que dejaba y lo usaba, porque para mí era espectacular. En muchos casos trabajaba con el descarte de otros”, ejemplifica.
Su mejor temporada fue la de 1987. Según dice, hubo una carrera en Tandil que “podría haber sido una bisagra” en su carrera porque “venía muy bien, pero el auto se quedó sin nafta”. Serenata siente que esa tarde podría haber sido la de su despegue. Pero no se dio. “Me quedó una sensación muy fea”, admite.
Estuvo, con intermitencias, varios años en el TC. Su última carrera fue en 1991.

“Para llegar, uno se tiene que manejar mejor abajo del auto”.

De los fierros al radiocontrol
Dejó el automovilismo después de casarse y cuando estaba por nacer su primer hijo. Y desde entonces tiene el hobby de hacer autos, trenes, aviones y helicópteros a radiocontrol, una actividad que comparte, justamente, con su primogénito.
Para esto algo debe haber influido otro de sus sueños de juventud: el de ser piloto de avión. Por eso, después de dejar el automovilismo, se dio el gusto de, aunque sea, fabricarlos a escala y a radiocontrol.

“Hoy tenés todos los controles en el volante y más que una carrera parece un videojuego. La mejor época del automovilismo fue la de Fangio”.

Balance
Si repasa su trayectoria, reconoce que a veces extraña las pistas, aunque cada vez menos. “Hoy tenés todos los controles de un auto en el volante y más que una carrera parece un videojuego”, señala, y enseguida se entusiasma en el análisis: “Ahora en el automovilismo todo es plata. Ya no miro carreras, no me atrae porque se perdió lo lindo que tenía, la mística, hoy es todo electrónico, tienen sensores por todos lados, solo importa la tecnología. Para mí la mejor época del automovilismo fue la de Fangio, cuando era el hombre y su máquina, nada más”.
Y al momento de hacer un balance, concluye: “Para llegar, uno se tiene que manejar mejor abajo del auto, algo que yo no hice. Yo soy cero diplomático, soy así, y por eso tal vez no llegué a lo que podría haber llegado, porque afuera del auto fui un desastre. De todas maneras, yo disfruté todo lo que hice. Si a mí me dan un camión, yo sé que anda lento, pero a ese camión yo le voy a sacar lo mejor que tenga, según sus posibilidades. Y yo saqué lo máximo de cada auto y eso me reconforta. Uno se va llenando de esas cosas y se da cuenta de que no puede pedir más, porque no daba para más”.

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