La escritora Sylvia Iparraguirre en su casa, una foto que fue sacada por su esposo, el escritor Abelardo Castillo.
La escritora Sylvia Iparraguirre en su casa, una foto que fue sacada por su esposo, el escritor Abelardo Castillo.
ESCRITORA DE RECONOCIDA TRAYECTORIA

Sylvia Iparraguirre: “Si no escribo, no entiendo el mundo”

Autora de cuatro libros de cuentos y seis novelas –además de ensayos, notas y relatos–, y ganadora de varios premios, en esta entrevista repasa su infancia entre Junín y Los Toldos, sus gustos literarios y los pormenores de su oficio.

A sus diez años, Sylvia Iparraguirre pasaba tardes enteras jugando junto a su hermana y sus primos con los cartuchos del Mauser de su abuelo, vistiéndose con las ropas y sombreros que había en los baúles de su abuela, o leyendo todo lo que podía de los libros que se repartían en los estantes de la biblioteca de aquella casa en Los Toldos.
“Había de todo, la enciclopedia ‘Espasa Calpe’, una colección extraordinaria de libros sobre los distintos oficios, novelas, una historia de Europa de cinco tomos, una variedad de textos bastante ecléctica, diversa, y fue el lugar donde yo empecé a leer porque fue la primera biblioteca que tuve a mano”, recuerda. “Y donde descubrí un libro de Tolstói, que leí a los doce años sin saber quién era el autor hasta mucho más tarde”.
Entre libros para una niña de su edad, la colección ‘Robin Hood’ e historietas como ‘La pequeña Lulú’, ‘El Zorro’, ‘Rayo Rojo’ y ‘El Tony’, esa inclinación hacia la lectura se hizo más fuerte en la adolescencia, cuando descubrió la literatura argentina, principalmente a Ernesto Sábato, Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. “En ese momento entendí que estaba accediendo a la literatura argentina –explica Iparraguirre–, porque hasta entonces leía libros que eran traducciones españolas, y con estos autores me encontré con el idioma rioplatense, literatura escrita en un lenguaje como el que hablábamos en mi casa. Y con un humor que a mí me deslumbró, porque era típicamente argentino”.

“El respaldo de un escritor es su biblioteca, ahí está todo lo que lo constituye”.

Letras
Sus lecturas de adolescencia eran “caóticas”, según ella misma las define, y pensó que la carrera de Letras “podría ordenarlas” y hacer que se abrieran otras.
Fue a Buenos Aires e ingresó a la carrera de Letras, en la UBA. Era la época posterior al gobierno de Juan Carlos Onganía y, según dice, la carrera estaba depreciada: “Había habido una persecución de buenos profesores y quedó un nivel académico muy bueno en las literaturas remotas, por ejemplo, el Siglo de Oro español, la literatura medieval, el barroco sudamericano, todo lo que fuera lejos de la realidad, pero muy poco de lo contemporáneo, sobre todo de literatura argentina”. Entonces, abordó la literatura contemporánea prácticamente por su cuenta y con la ayuda de amigos y compañeros que le recomendaba textos de Henry Miller, William Faulkner, Kafka, García Márquez, Puig, los franceses y otros. “Era 1968, año del Mayo Francés, la facultad era un hervidero, pasaban muchas cosas, y había una gran circulación de libros fuera de las materias de la carrera”, resume Iparraguirre.

Escritora
Atraída por personajes que veía en su vida cotidiana, por diálogos ocasionales que registraba o escuchaba, había en Iparraguirre una curiosidad natural hacia el uso del lenguaje y sus mecanismos que, de alguna manera, la vincularon con la escritura. “Cuando entré en la facultad, yo escribía, llevaba un cuaderno, pero lo hacía de un modo secundario, y además secreto, porque lo sentía como algo muy privado”, comenta.
Conocer al escritor Abelardo Castillo –que fue su esposo por más de cuarenta años– resultó clave para que ella avanzara en el camino de la escritura: “Fue un maestro formidable, no solo para mí sino para cualquier persona que haya pasado por su taller literario. Tenía una energía creativa tan grande como su generosidad intelectual, y me dio un impulso que fue definitivo”.
Su primer libro de cuentos, ‘En el invierno de las ciudades’, ganó el Primer Premio Municipal de Literatura. Como era difícil publicar, armaron con otros seis colegas una cooperativa editorial y juntos editaron el primer libro de cada uno de ellos. Después se sumaron otros escritores y la colección publicó catorce títulos. Su segundo libro, ‘Probables lluvias por la noche’, fue publicado por Emecé. El tercero fue ‘El país del viento’ y los tres fueron compilados, luego, en ‘Narrativa Breve’.
También son suyas las novelas ‘El Parque’ (1996), ‘La tierra del fuego’ (1998), ‘El muchacho de los senos de goma’ (2007), ‘La orfandad’ (2010), ‘Encuentro con Munch’ (2013), que obtuvo el Premio Konex de Platino en novela, el libro de textos cortos “Del día y de la noche” (2015) y ‘La vida invisible’ (2018), una autobiografía como lectora.
Con esta formidable carrera quedó demostrado que Castillo no estaba equivocado al apostar a la capacidad literaria de Iparraguirre: “Con cada libro, fui creciendo como escritora, tratando de ser cada vez más dueña de mis propias palabras, sabiendo que un escritor no es solamente alguien que publica libros, sino alguien que tiene una posición frente al mundo y la literatura, que apuesta por un humanismo cada vez más depreciado. Es un camino que no termina hacia la madurez mental e ideológica que yo comprendí bastante rápido porque tuve un maestro de una gran coherencia intelectual”.

“Escribir es un modo de entenderme a mí misma, al mundo y a los otros”.

La literatura
Al analizar su literatura, Iparraguirre puede ver que allí sobrevuelan algunos temas que le interesan de la realidad inmediata, la desigualdad, la violencia, los personajes periféricos, pero que no aparecen de manera directa en sus libros, sino bajo la forma de ficción. “En ‘La tierra del fuego’ yo sin duda estoy por los indígenas, pero debí armar una historia que hablara por sí misma; la historia no es blanco y negro, no es malos y buenos, hay grises, hay matices, y de eso se hace cargo la literatura, si no sería un panfleto y no hay nada que vaya más en contra de una novela que lo panfletario”, ejemplifica.
Y sobre sus influencias, asegura “el respaldo de un escritor es su biblioteca, ahí está todo lo que lo constituye”. Se podría decir entonces –tal vez burdamente– que en la suya hay de todo: la literatura rusa y la anglosajona; los modernos ingleses como Virginia Woolf, T. S. Eliot, James Joyce y Samuel Beckett; los norteamericanos que le enseñaron “a narrar”, especialmente la literatura sureña de Edgar Allan Poe, Mark Twain, Tennessee Williams, Thomas Wolfe, William Faulkner, Carson McCullers, Flannery O'Connor. También reconoce en Katherine Mansfield a “una maestra”, “y los rusos, todos”. Allí conviven, además, los latinoamericanos, desde Alejo Carpentier y Juan Carlos Onetti, hasta “la literatura argentina completa”, porque sostiene que, como todo escritor argentino, pertenece a una tradición en la que está inserta: “Empiezo con ‘El matadero’ de Esteban Echeverría, sigo con José Hernández, con ‘Facundo’, con ‘Una excursión a los indios ranqueles’, con la generación del ’80, la vanguardia de los años ’20, Roberto Arlt, Borges, Leopoldo Marechal, Cortázar, y de ahí venimos”.
Y es ese conjunto el que, en definitiva, constituye y modela la unidad literaria de Iparraguirre: “A esta altura, si no escribo no entiendo el mundo. Necesito hacerlo. No importa si publico o no; estoy escribiendo siempre, ficción, ensayos, artículos, notas, siempre escribo. Es un modo de entenderme a mí misma y de entender al mundo y a los otros”.

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