Alfredo Morbelli es el jefe del área de Pediatría del Hospital Interzonal General de Agudos “Dr. Abraham Piñeyro”.
Alfredo Morbelli es el jefe del área de Pediatría del Hospital Interzonal General de Agudos “Dr. Abraham Piñeyro”.
RECONOCIDO PROFESIONAL DE NUESTRO MEDIO

Alfredo Morbelli: “Fui y soy el médico que quería ser”

Lleva más de 35 años como pediatra. Se formó en el Hospital de Niños de La Plata. Se desempeña en su consultorio, en el Sanatorio Junín y es el jefe del servicio de Pediatría del hospital.

Como jefe del servicio de Pediatría del hospital, Alfredo Morbelli suele hacerles tres preguntas a los que ingresan como residentes: ¿por qué estudiaron medicina?, ¿por qué tienen puesto un guardapolvo?, y ¿qué tipo de médico les gustaría que esté al final del pasillo si ustedes llegaran con un hijo enfermo?
Esas preguntas –que siempre quedan sobrevolando porque nunca les pidió una respuesta a los jóvenes– son las que impulsaron, en definitiva, su propio camino, que fue guiado por una gran pasión que demuestra día a día en el consultorio.

“Debe haber pocas especialidades que gratifiquen tanto como la pediatría”.

Médico
Hijo de un contador público y una maestra rural, Alfredo Morbelli nació en Junín. Hizo la primaria en la Escuela 24 y la secundaria en el Nacional y el Normal.
Aunque no tiene antecedentes vinculados a la salud en su familia, desde siempre supo que iba a ser médico y pediatra. “Toda mi vida lo dije, o sea que hoy soy lo que quería ser. La pediatría ha sido y es mi pasión”, afirma.
Estudió en La Plata e hizo la residencia en el Hospital de Niños de esa ciudad. Una vez terminada esa etapa, regresó a Junín.

“Lo que más me importa es lo que queda de mí en mis pacientes”.

Regreso a Junín
Los primeros meses en Junín tuvo una beca de radicación, por la cual, empezó a trabajar en el hospital. “En ese momento fue muy duro, mi esposa dejó su trabajo en Buenos Aires, teníamos una beba de meses, y así empezamos”, recuerda.
De a poco se fue haciendo un lugar. Ganó un concurso en el hospital, abrió su consultorio, y más adelante ingresó en el Sanatorio Junín. En los tres lugares sigue atendiendo todavía, y desde hace ocho años es el jefe del servicio de Pediatría.

La pediatría
Morbelli ejerce como pediatra y neonatólogo. En momentos de su formación no eran especialidades separadas, como lo son hoy.
Como profesional, ejerce en el ámbito público y en el privado. “Los chicos son iguales en todo el mundo –afirma–, independientemente de su color, su idioma, o su situación económica o social. La pediatría es igual en todos lados. Obviamente hay diferencias entre la medicina privada y la pública, el hospital es el lugar donde uno ve las patologías más complejas porque la población que se atiende allí es mucho más expuesta y vulnerable. No obstante, a mí me encantan las dos y no podría elegir una, sería injusto decir que me he involucrado más con una que con otra porque me han apasionado las dos”.
Claramente, el trabajo para él es una pasión. “La pediatría es maravillosa”, sentencia. Según su mirada, “debe haber pocas especialidades que den tanta gratificación como lo hace la pediatría”. Y, en ese marco, evoca que en sus primeros años se preguntaba cómo tenía que atender, qué ropa tenía que usar, cómo iba a tratar a los pacientes y a sus padres, y la conclusión que sacó con el tiempo “es que uno tiene que ser como es”. Y profundiza: “La gente percibe cuando uno ama lo que hace, y los chicos se dan cuenta de lo que uno les da. Yo me preguntaba qué recordarían los chicos de mí, y en esta etapa estoy encontrando esas respuestas porque hoy atiendo muchísimos hijos de quienes fueron pacientes míos. Uno de estos casos me pasó esta semana, con una chica que fue paciente mía y trajo a su hija; la nena le dijo ‘Alfredo es mío’, y la respuesta de la madre fue ‘no, es mío’. Ese es el mayor premio que uno puede tener, eso me emociona muchísimo porque es lo que uno soñó”.
Trabajar con niños implica una gran responsabilidad y conlleva la dificultad de no involucrarse cuando los chicos tienen problemas serios. “Nos suelen decir cómo podemos trabajar con chicos, qué hacemos cuando tenemos algún paciente grave, y yo lo analizo exactamente al revés: pienso qué suerte que tengo de haberme podido entrenar para poder ayudarlo; esa es una sensación de plenitud tan pero tan grande, que es incomparable”, asegura.

“Pienso qué suerte que tengo de haberme podido entrenar para poder ayudar a un chico; esa es una sensación de plenitud tan grande, que es incomparable”.

Balance
En su carrera, Morbelli siempre trató de volar como un águila, no como una torcaza. “He subido lo más alto que he podido, todo lo que me permitieron mis alas y mi intelecto –grafica–, por suerte he alcanzado todo lo que me he propuesto. Pero repito que, después de todo, lo que más me importa es lo que queda de mí en mis pacientes”.
Con ese camino recorrido y lo mucho que le queda por hacer y por “volar”, al momento de hacer un balance, concluye: “Yo quiero vivir 40 años más, viajar, disfrutar, tomar un vino, bailar, reír, cantar; pero si la vida hoy dijera que hasta acá llegué, estoy muy satisfecho por lo que hice, porque formé una familia, estoy al lado de una mujer que amo, tengo cuatro hijos que son buena gente, tuve la posibilidad de darles un estudio, fui y soy el médico que quería ser –aún con mis claroscuros–, alcancé las metas que me propuse, por eso estoy gratificado. Siempre quedan cosas en el camino, pero en el balance estoy muy satisfecho, y eso no es soberbia ni egocentrismo, sino satisfacción de ser el médico, pediatra, padre, esposo y amigo que soy”.

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