Julieta y una dulce sonrisa para celebrar la vida.
Julieta y una dulce sonrisa para celebrar la vida.
PEQUEÑA GUERRERA

La lucha de Julieta Méndez, la historia que conmueve a Baigorrita

En enero, los médicos descubrieron que la nena tenía una bacteria que consumía los tejidos de su cuerpo. Con este diagnóstico llegaron los meses más difíciles que reordenaron prioridades en la familia y despertaron el cariño de un pueblo entero.

El 20 de enero Julieta se despertó con fiebre, al día siguiente tuvo diarrea, después vómitos. Lo que en principio parecían síntomas de un cuadro viral derivó en el peor de los diagnósticos: una bacteria consumía de manera voraz los tejidos de su cuerpo y, de seguir avanzando, pondría en peligro su vida. “Se trata de una fascitis necrotizante generada por la bacteria ClostridiumPerfringens”, dijo el doctor, y con ese puñado de palabras difíciles Karina y Franco, sus padres, se embarcaban en una prueba que cambiaría el orden de prioridades en sus vidas. La lucha de Julieta comenzaba.
“Después de que en la clínica nos dijeran que Julieta tenía laringitis y gastroenteritis quedó internada porque no tomaba ni comía nada, podía deshidratarse”, cuenta Karina a Democracia, y recuerda esos primeros días del último verano, cuando aún no sabían que su hija menor, de apenas 16 meses, tendría que atravesar un arduo tratamiento de cuatro meses en el Hospital Garrahan de la ciudad de Buenos Aires. “Le hicieron los análisis de sangre y todo dio bajo, no tenía glóbulos blancos, ni rojos, ni plaquetas”, dice Karina y agrega “la pesó la doctora y vimos que tenía los labios morados, entonces la llevó a la cama para darle oxígeno y ahí descubrimos que tenía una mancha color té con leche en la espalda, que segundos antes no tenía”. Y otra mancha apenas más abajo, y otra en su brazo derecho: la bacteria avanzaba sin reparos y el grupo de cirujanos de una clínica de Junín se reunió de urgencia para intervenir el cuerpo de la pequeña Julieta.

Julieta Méndez tiene hoy un año y ocho meses y es vecina de Baigorrita, un pequeño pueblo del partido de General Viamonte. Su hermanita Renata tiene cinco años; su mamá, Karina Sosa, es maestra de música; y su papá, Franco Méndez, es chofer de camión. En enero de este año, la familia supo que debía estar más unida que nunca y comenzó a transitar una lucha que tendría a Julieta como protagonista. “Le diagnosticaron una fascitis necrotizante generada por la bacteria Clostridium Perfringens, hay muy pocos casos en el mundo, había que intervenirla urgente porque esa bacteria se le podía ir a la cabeza, a los pulmones, al corazón o a cualquier parte del cuerpito”, cuenta Karina y agrega “se combate con medicación y en el quirófano, para quitar todo el tejido muerto.”
Diez días después de la primera operación, Julieta y sus padres viajaron al hospital Garrahan, allí le pondrían lo que se conoce como VAP, un dispositivo que ayuda a que crezcan sus tejidos, para que la piel se estire y poder luego hacer un injerto similar al que se realiza en la piel de personas quemadas. “Pero a los pocos días supieron que tenía los intestinos perforados en tres lugares, producto del avance de la bacteria y por eso, cuando estábamos por volver, tuvimos que quedarnos cuatro largos meses en Capital Federal”.

El amor del pueblo
Durante la estadía en Buenos Aires, una familia amiga de Baigorrita les prestó un departamento para que puedan descansar entre las idas y vueltas al hospital. Mientras tanto, Renata, la mayor de las dos hermanitas, se quedó en la casa de su abuela materna y con amigas de Karina. Los cuatro meses transcurrieron con innumerables muestras de apoyo y cariño por parte de la gente del pueblo. “Todos se han portado bárbaro con nosotros, estamos muy agradecidos, nos ayudaron en todo sentido, recibimos mucha contención, hicieron rifas y peñas para ayudarnos a juntar dinero y quienes viajaban los fines de semana llevaban a Renata para que podamos verla, todos estuvieron de diez”, cuenta Karina.
El sábado 26 de mayo, Julieta volvió a Baigorrita y una impresionante cantidad de vecinos se agrupó para darle la bienvenida. Del otro lado de la ventanilla del auto se recortaba su pequeña figura entre los brazos de su mamá: Julieta estaba fascinada, con la sonrisa amplia que terminaba en hoyuelos y los ojos brillantes por los aplausos y saludos de prosperidad. De nuevo en casa, para recuperarse de a poco, compartir en familia, crecer fuerte y sentir la vida mientras se despeina jugando en la vereda un sábado ventoso de otoño.

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