Gladys Talia trabajó como maestra en diferentes establecimientos y se jubiló hace poco más de diez años, a sus 70.
Gladys Talia trabajó como maestra en diferentes establecimientos y se jubiló hace poco más de diez años, a sus 70.
RECONOCIDA DOCENTE DE NUESTRO MEDIO

Gladys Talia: “Los mejores años de mi vida fueron los de la escuela”

Dio clases en las instituciones de Chacabuco y Junín. En la Escuela N°2 estuvo más de 25 años, hasta que se jubiló, a sus 70. “Los chicos no hacen ningún problema si uno los trata bien”, afirma.

La docencia, para Gladys Talia, fue una vocación que abrazó con pasión durante mucho tiempo. Tanto que estuvo al frente de un curso hasta sus 70 años. En los últimos tiempos la artrosis ya empezaba a generarle dolores en algunos huesos, principalmente en las rodillas, entonces debía sentarse en cada banco que encontraba en las diez cuadras que separan su casa de la Escuela N°2. Sin embargo, cuando estaba en clase, no existían los dolores.
Centenares de chicos fueron alumnos suyos y hoy, a más de diez años de su jubilación, todos la siguen recordando como la seño Gladys, la que les marcó un rumbo en la vida.

“El trabajo me apasionaba, la docencia fue mi vocación”.

Su trayectoria
Hija única de un carnicero y una ama de casa, Gladys nació en Junín. Hizo el primario y parte del secundario en el Santa Unión, pero cuando iba a tercer año su padre falleció y su madre no pudo pagar más la cuota, por lo que terminó su escolaridad en el Colegio Normal. De ahí egresó con el título de maestra normal nacional.
Por ese entonces ya trabajaba como empleada administrativa en una escribanía. “Tiempo después, la señora de Ragazzo, directora de la Escuela N°30, le sugirió que empezara a hacer alguna suplencia”, recuerda Talia. Lo pensó un poco y se animó.
La primera la hizo en la Escuela N°28, que estaba en Saavedra y Alemania. Al mismo tiempo, seguía en la escribanía. Después hizo otra en la Escuela N°41, donde permaneció cinco años.
En aquellos tiempos le costaba titularizar. “En una oportunidad –recuerda– me llamaron del Consejo Escolar y el inspector Ríos me preguntó por qué yo no era titular si llevaba varios años trabajando. Le contesté que nadie me lo había dicho, pero yo sabía que no me nombraban porque no era peronista”.
Más adelante fue titularizada en la Escuela N°1 de Chacabuco. Estuvo un año y luego otros dos en la Escuela N°4 de aquella ciudad. “Viajé a dedo todos los días, durante tres años”, relata.
Pasados esos tres años le salió el traslado a Junín, donde ingresó en la Escuela N°2.
Hasta entonces siempre había dado clases en primer grado. En la Escuela N°2 le ofrecieron cuarto. Ahí estuvo 25 años, en los últimos tres años dio clases en tercero.

“Un docente tiene que transmitir cariño, respeto, mucha tolerancia”.

La docencia
Talia asegura que una vez su hijo sacó la cuenta y, solamente en Junín, ella tuvo en sus cursos a 999 chicos.
“El trabajo me apasionaba, la docencia fue mi vocación”, dice.
Aun cuando en la Escuela 2 sus cursos siempre fueron numerosos, de entre 38 y 40 alumnos, Gladys remarca que es una institución “muy linda”.
En una oportunidad tuvo cincuenta chicos durante dos meses, hasta que desdoblaron el curso. “Dábamos clases en el patio”, rememora. Otro año, cuando se inundó su salón y hubo inconvenientes con la electricidad, debió trabajar durante un mes y medio en la biblioteca: “Estábamos los chicos y yo sentados en el piso, hasta que pudimos traer algunos pupitres y sillas”.
Según dice, los estudiantes “no hacen ningún problema si uno los trata bien”. Puede haber “cuestiones menores como sucede con todos, que no se quieren sentar o no se callan, pero no más que eso”.
Así fue como trabajó hasta sus 70 años. Es que ella presentó la documentación con la información de todos los lugares en donde había trabajado, pero el trámite empezó a tardar meses y años en resolverse. Cuando averiguaron del Consejo Escolar el porqué del retraso, se enteró que su expediente había sido comido por las ratas. Así que tuvo que hacer todos los trámites de nuevo.
“Pero yo seguía porque me gustaba mucho, porque amo a los chicos”, afirma. De hecho, nunca pensó en aspirar a cargos directivos. “A mí me gustaba estar frente a la clase”, remarca.
Y en referencia a su actividad, puntualiza: “Si uno a los chicos los trata bien y los tiene trabajando, no va a tener ningún problema. Hay que tratarlos con cariño y no retarlos. Conmigo, la travesura más grande que podían hacer era llevarse alguna tiza para escribir en el patio, son pavadas”.

“Cuando me jubilé estuve llorando varios días, yo hubiese seguido, y si hoy me llegaran a dar una suplencia, si tuviera las piernas en condiciones, iría, de corazón”.

Balance
Después de décadas de servicio, se retiró. “Cuando me jubilé estuve llorando varios días –comenta–, yo hubiese seguido hasta los 80, y si hoy me llegaran a dar una suplencia, si tuviera las piernas en condiciones iría, de corazón”.
Talia insiste en que la relación con los alumnos pasa por el buen trato: “A mí me gusta estar con los chicos, ellos me quieren y me hacen sentir muy bien. Tratándolos bien, les sacás el alma, pero si los tratás mal no conseguís nada”.
Y al momento de hacer un balance, concluye: “Los mejores años de mi vida fueron los de la escuela. Un docente tiene que transmitir cariño, respeto, mucha tolerancia, debe acercarse al chico. Y yo también aprendí de ellos la solidaridad y a entender muchas cosas, porque a veces comprenden algunas cuestiones mejor que los grandes. Ellos son buenos, no hay chicos malos: si uno los trata bien, son todos iguales”.

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