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PERSONAJES EN JUNIN

Una radiografía del alma de Jorge Severino

Médico radiólogo, trabajó en la mayoría de las grandes instituciones de salud de la ciudad en más de 4 décadas de profesión. Considera que su especialidad es un arte dentro de la medicina. A los 84 años, repasa en DEMOCRACIA su historia profesional y personal.

Cuando uno está bien con uno mismo, se nota. Y eso le pasa a Jorge Severino. O por lo menos, eso es lo que transmite.
A los 84 años, este médico radiólogo platense que desarrolló casi toda su carrera en Junín, siempre tiene a mano una broma, acompañada de una sonrisa cómplice.
Asegura que es “medio loco y cascarrabias”, pero si se tiene en cuenta su propia descripción, solamente muestra su lado extravagante, sin dejar traslucir su costado irascible. Tal vez porque en realidad no lo tenga.
En nuestra ciudad, se de-sempeñó en casi todas las instituciones importantes de salud: en los hospitales San José, Abraham Piñeyro, Ferroviario, y también en el Sanatorio.
Hoy, 15 años después de haberse jubilado, asiste a cursos dictados en la UNNOBA y practica natación todos los días. Además, en sus ratos libres satisface sus pasiones melómanas y literarias escuchando sus discos de música clásica y releyendo El amante de Lady Chatterley, al mismo tiempo que -seguramente- se le dibuja una mueca de picardía en el rostro, al profundizar en las aventuras eróticas de la protagonista del libro.

Los primeros años
en La Plata

Lo primero que destaca Jorge de su infancia es la satisfacción por haber ido al Colegio Nacional de La Plata, una institución a la que califica como excelente.
“En aquellos años, La Plata era una ciudad extraordinariamente segura, bella y culta -recuerda-, por ejemplo, estaba el Teatro Argentino, el que quemaron”.
En ese teatro trabajaba la que iba a ser posteriormente su esposa. Severino tiene para ella sus mejores recuerdos y a lo largo de toda la entrevista su esencia va a hacerse presente en cada uno de los pasos que evoque. “Toda la familia de mi esposa trabajaba en el teatro -cuenta-, algunos eran artistas, sopranos, y ella estaba empleada ahí como ayudante del secretario general del teatro. Y no sé por qué nos enamoramos, esas cosas que le pasan a la gente”, desliza sonriente, a modo de chanza.
Jorge relata cómo fue que la conoció, en una anécdota que lo retrata como un Romeo del siglo XX: “En el año 49, el comedor estudiantil estaba frente al teatro y para ir a comer había que hacer unas colas largas, y una vez la vi en una ventana; la miré, le silbé, la saludé y me contestó. Eso lo seguí haciendo en forma rutinaria, siempre a través de la ventana, hasta que un día la esperé a la salida de su trabajo y la invité al teatro. Estuve mucho tiempo de novio, era un novio ‘placero’, en la plaza Moreno de La Plata. El enamoramiento me duró como 50 años, y me sigue durando”.

La universidad

En la memoria de Jorge no está muy en claro por qué se inclinó por la medicina. Había recibido muy buenas ofertas de trabajo pero él prefirió hacer la carrera universitaria. Y eso significaría muchos sacrificios. El primer trabajo que tuvo en su época de universitario fue un emprendimiento con otros compañeros: “Mientras cursaba en la facultad habíamos hecho una sociedad de estudiantes; todos teníamos bicicleta y dábamos inyecciones de penicilina a domicilio. Con eso sobrevivíamos”. Más adelante trabajó en el frigorífico Swift, lo que era más sacrificado aún: “Estaba ubicado en Ensenada, en las afueras de La Plata, íbamos en el tranvía número 25, trabajábamos desde las 8 de la noche hasta las 4 de la mañana, al regresar dormíamos un rato y después cursábamos”.
Es por todo esto que la carrera le costó bastante y tardó algo más de 7 años para recibirse, con tesis de doctorado incluida. Nuevamente, el reconocimiento para la que por ese entonces era su novia: “La carrera me costó mucho trabajo, y la que me ayudó mucho y en todo, fue mi novia”.

La mudanza a Junín

Jorge comenta que dentro del hospital de Olmos le pudo dar una mano a un médico que era un preso político, y cuando esta persona salió le consiguió trabajo en la localidad de Castilla, cerca de Rawson. Ya se había casado, pero su esposa se quedó en La Plata. El se mudó a Castilla para trabajar en el hospital Thomas Keating, y periódicamente volvía a visitar a su familia.
Estuvo tres meses trabajando en aquel lugar, hasta que “apareció el doctor Cintora y me habló de Baigo-rrita, donde necesitaban un médico. Me atrajo mucho esa posibilidad porque estaba cerca del hospital de Junín. Entonces nos mudamos con mi familia a Baigorrita. Trabajaba en el puesto sanitario, pero mayormente atendía en mi casa”.
A partir de entonces, se instaló en Baigorrita primero, y luego en Junín.
Conoció al doctor Dana, que era el director del Hospital San José, y comenzó a trabajar ahí. Para Severino, además de la calidad profesional, el San José tenía muchas particularidades que lo hacían especial: “En primer lugar, las monjas que manejaban el hospital; yo nunca me voy a olvidar de algunas de ellas, como la madre Enriqueta, que era extraordinaria. Había orden, limpieza y calidad humana. Y luego el manejo que tenía el doctor Dana de todo el personal, que era un director que no necesitaba andar con un látigo en la mano para que todos hiciéramos lo que correspondía”.
En cuanto a su paso por el Ferroviario, Jorge rescata que fue ahí donde se comenzó a gestar la vocación de su hijo por la radiología: “Los domingos veníamos de Baigorrita al cine, y después me iba con mi hijo al hospital a informar las placas que había hecho, así el lunes estaban listas para que los médicos vieran los informes. Entonces mi hijo Horacio empezó a mirar las placas y como yo tengo muy mala letra, le dictaba para que escribiera él. Ahí comenzó a gustarle la radiología”.
Hoy, después de tantos años de experiencia y tras su paso por diferentes instituciones, Severino sostiene que se sintió bien en todos los lugares en donde estuvo: “Siempre trabajé cómodo. A veces cuando no me gustaba una cosa me ponía cascarrabias. Pero me disculparon mucho, porque sabían que lo hacía de loco, nomás”.

La Radiología

La forma que tiene Severino para explicar qué es lo atrayente de la radiología es muy particular. Ante la pregunta, mira para arriba, piensa un rato y luego, sin preámbulos, recita: “Dónde está lo más hermoso / donde menos lo parece / en apreciar con los ojos / lo que a los ojos se ofrece”.
Al terminar, se queda mirando con una media sonrisa en el rostro y continúa: “Es de Goethe. La radiología, al igual que la cirugía, es un arte dentro de la medicina. La radiografía hay que mirarla y ver qué es lo que hay dentro, saber leerla, qué tiene el enfermo. Saber radiología también es saber clínica”.

Inventario

A la hora del recuento, de la recapitulación, Jorge sólo tiene palabras de gratitud para su familia, su profesión y hasta para Junín.
A pesar del tiempo de dedicación, garantiza que aún le gusta la profesión pero que no la extraña. Y realiza su análisis en base a las respuestas que recibe a diario. “No sé si fui buen médico, pero a mí me saluda mucha gente. Yo estoy muy cómodo en Junín, vivir acá está muy bien. A veces no quiero ir al centro porque tardo mucho tiempo, es que me para uno y otro y otro ¡y a veces ni me acuerdo quiénes son!”, confiesa mientras suelta una carcajada.
Por todo esto, es categórico para definir cómo sería el balance de lo realizado: “Es brillante. Mi madre murió a los 27 años, de una forma muy trágica, cuando yo era muy chico. Vivíamos en el barrio Los Hornos, donde no había asfalto. Teníamos los zapatos con las suelas rotas y les poníamos cartón para que no se nos mojaran los pies. Ibamos caminando a la escuela. Y si de esa época fui progresando, mejorando, y a veces cayendo y recuperándome, trabajando y divirtiéndome, ¿voy a decir que me fue mal? Al contrario, estoy orgulloso, especialmente de mi hijo Horacio que es un muy buen profesional y una muy buena persona. Yo veo cómo lo aprecia la gente y eso me pone muy contento a mí. El es más capaz que yo”.

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