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HISTORIA DE VIDA

Nació sin brazos y teje a crochet, hace artesanías y trabajos de diseño gráfico

“La Pipi”, como la conocen todos, vive en el barrio Belgrano. Por su condición, hace todo con su pie derecho: desde escribir hasta manejar el mouse de la computadora. A pesar de las adversidades, se muestra optimista: “Hay que ser positivo e ir para adelante”, afirma.

En su cuerpo menudo y frágil, “La Pipi” atesora una gran personalidad. Sin brazos y con una prótesis en una pierna, se hizo un lugar en la vida sin excusas ni lamentos.
Y siempre con una sonrisa.
Todos en el barrio Belgrano conocen a Silvina Parra como “La Pipi”, que en su humilde casa de la calle Juan B. Justo realiza trabajos de diseño gráfico con una computadora que maneja con su pie derecho.
Además, comercializa productos por catálogo. Antes vendió rifas. Y también teje a crochet y hace artesanías.
En sus 32 años tuvo que abrirse paso con esfuerzo y sus carencias físicas configuran una barrera que Pipi sortea a diario, pero que la impulsan a querer progresar.
Su deseo es, hoy, tener un trabajo que sea más estable. Y para eso se sigue capacitando y está haciendo un segundo curso de diseño gráfico. “Hay que ser positivo e ir para adelante”, insiste una y otra vez. Y vuelve a sonreír.

La Pipi estudiante
A los 3 años, Pipi ingresó en la Escuela Especial N° 502. Le habían dicho a su madre que luego podría continuar en una institución que no fuera de enseñanza especial, pero luego eso fue rechazado por las autoridades bajo el argumento de que no se iba a poder adaptar. Por eso permaneció allí la adolescencia.
Cuando fue operada en el Hospital Garrahan, las maestras de la escuela que funciona en ese nosocomio le dijeron que podía hacer una escolaridad normal. A esa altura, con 15 años, Pipi estaba cursando cuarto grado.
En aquellos días cambiaron las autoridades en la 502 y la nueva directora, Lilian Manacorda, la evaluó y le dio el pase al sexto grado de la Escuela Nº 16. Ahí terminó el primario y luego hizo el secundario en la “Manuel Dorrego”.
Cuando estaba cursando el último año quiso abandonar. Es que por entonces llevaba 23 años de escolaridad y estaba cansada. Sin embargo, con el apoyo de su familia y los docentes, más su fuerza de voluntad, logró terminar el secundario.

Con el pie

Pipi hace todo con su pie. “Me quisieron enseñar a hacer cosas con la boca, pero nunca pude aprender”, dice.
De hecho, antes de empezar el jardín ya sabía usar la tijera y dibujar con los pies.
Solamente necesita ayuda para algunas pocas cosas. “Si mi mamá me dejaría, podría cocinar –se entusiasma–, es más, yo vi que se venden unas cocinas que son más chicas, y yo las podría usar porque me quedaría a la altura de los pies. Si tuviera todo a mi altura, podría cocinar, lavar, todo. Igual yo me manejo”.
Acostumbrada a la realidad que le tocó, no se queja. “Mi vida es normal”, enfatiza.
Y es a partir de ese espíritu que concurre casi todos los fines de semana a peñas, bailes y recitales. “Le gusta la calle” resume su madre y ambas ríen.
“Puedo hacer todo –continúa Pipi–, hago mandados, voy a la peluquería, antes iba a los cibercafés. Me manejo sola, nunca tuve vergüenza de pedir ayuda. Si voy a un lugar y tengo que tocar timbre, al primero que pasa por la calle le pido que lo haga por mí. Si vos me decís que algo no lo puedo hacer, la Pipi lo hace, olvidate”.

Trabajo
Muchos años atrás, Pipi empezó a tejer a crochet. Con la aguja entrelazada en los dedos de su pie hacía bufandas y almohadones con frases, que luego vendía.
Más adelante, se dedicó a vender rifas: iba casa por casa y llegó a entregar hasta 70 números por semana.
“Siempre me las rebusqué con algo”, dice sonriente.
También empezó a comercializar productos por catálogo y luego pasó a ser líder, que es un cargo superior con vendedoras a su cargo.
Pero las rifas y la venta por catálogo no es suficiente.
Aficionada a la informática, hace dos años hizo un curso de diseño gráfico en el Centro de Formación Profesional Nº 401 y luego empezó a hacer trabajos de ese rubro: almanaques, tarjetas de cumpleaños o personales, suvenires, folletos, calcos, y demás, que promociona a través de su perfil de Facebook “Diseño Pipi”.
No conforme con eso, ahora está haciendo otro curso de diseño, más avanzado. “Quiero seguir progresando –afirma–, como este curso no es gratuito y no me dieron beca, estoy haciendo un esfuerzo para pagarlo. Encima me tengo que manejar en taxi, porque no es cerca de mi casa. Pero yo le digo a mi mamá que el esfuerzo vale”.

Superar las adversidades
“Nunca tuve problemas por mi condición y si alguien me dice algo o me mira, no le doy importancia”, dice Pipi con firmeza, para luego agregar: “Tampoco me da vergüenza mostrarme, sacarme fotos y andar de musculosa”.
Con su gran personalidad, asegura que jamás se sintió enojada con la vida por lo que le tocó: “Nunca me dio bronca porque la mayoría de las cosas las puedo hacer. Salgo, voy a bailar, trabajo, inclusive puedo hacer chistes con lo que me pasa. Cuando me peleo con mi hermano le digo ‘si tuviera brazos ya te habría molido a palos’”, cuenta Pipi y suelta una carcajada.
Por su puesto que en sus 32 años pasó por cosas buenas y malas, y hasta llegó a tener ataques de pánico, pero en todos esos momentos terminó imponiéndose su fortaleza. “Siempre fui positiva, es una cuestión de ponerse firme y seguir adelante”, sentencia.
Con todo, desea para su futuro poder afianzarse en el trabajo que le gusta, que es el diseño gráfico. Hoy cuenta con un CPU y una impresora que le fueron otorgados por el municipio hace tiempo, aunque la impresora tuvo problemas desde el primer día.
Su sueño hoy es hacer tazas diseñadas, una actividad para la que necesita “una máquina que sale más de 10 mil pesos”.
Pero, como dijo, Pipi mira hacia adelante. “Yo quiero seguir progresando”, repite.
Y sostiene que si ella, a pesar de las dificultades, puede ser optimista, todos deberían serlo: “Yo conozco una chica que es petisa, no tiene una discapacidad, y llora, no quiere salir a la calle porque tiene miedo de que le digan ‘enana’ o esas cosas, y yo la invité un día a tomar mates y le dije que hay cosas peores, hay chicos que están postrados en una cama, pero nosotros no tenemos esos problemas. Yo tengo una discapacidad y por ahí me cuesta conseguir trabajo, pero si te lo proponés, lo conseguís. Y hay muchas cosas que se pueden hacer si uno lo busca. La vida siempre te da algo para que puedas salir adelante. Si uno se queda en el ‘no puedo’ o es negativo, no sale nunca. Hay que ser positivo. Y lo que digan los demás, te tiene que resbalar”.

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