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ESCÁNDALO SUPERCLÁSICO

Crónica de una triste vergüenza anunciada

Alguna vez tenía que pasar. Toda la locura que rodea al fútbol junta un mismo día, en el mismo lugar, en vivo y en directo. Fue en la Bombonera, en medio del partido más esperado, con la presencia activa y en simultáneo de todos los actores centrales de nuestro deporte más popular.
Esta vez del papelón no se salvó nadie en otra muestra del camino sin rumbo que ha tomado una actividad que ya se acostumbró a estar dominada por el escándalo.
Inadaptados disfrazados de hinchas que están gobernados por la violencia, futbolistas aliados a una hipocresía insoportable y dirigentes portadores de una penosa ineptitud: todos formaron parte de la escenografía dominante en la noche de la Bombonera.
El tiempo transcurrido para determinar la suspensión resultó tan inexplicable como el que tardaron los planteles para irse. El saludo final de los jugadores de Boca aplaudiendo a los hinchas Xeneizes que minutos antes arrojaron todo tipo de proyectiles al campo de juego tan patético como las actuaciones del confundido veedor de la Conmebol , del árbitro, los dirigentes de ambos clubes y de quienes estaban a cargo de la seguridad.
Nadie se ha hecho cargo hasta ahora de tanto desatino. No hubo renuncias ni autocrítica. Todo lo contrario, una vez superados los primeros momentos cada uno trató por todos los medios de llevar agua para su molino de lo ocurrido en una muestra más del nivel de miserias que nos domina. Los que se tapaban la boca para hablar, en una modalidad que se va haciendo común en nuestro fútbol, tendrían que haberse cubierto la cara, pero de vergüenza.
Triste escenario el que montaron el árbitro y los dirigentes para coordinar como salir de la situación mientras los jugadores de Boca tomaban posición en el campo de juego en señal de que estaban dispuestos a seguir jugando.
Ni hablar del dispositivo de seguridad. Además del ataque con gas pimienta desde un sector de la manga que ninguno de los 1.200 efectivos destinados al operativo se encargó de cuidar, de repente apareció un drone con un fantasma de la B -dedicado a River-, que se movió tranquilamente haciendo más condenable la escena.
Y luego, Sergio Berni, asegurando ante quien quisiera escucharlo, que el operativo de seguridad había sido un éxito, sin incidentes y sin bengalas en la cancha. Para peor una investigación periodística daba cuenta, en las últimas horas, que la guerra interna en la barra Xeneize no estaría ajena a los incidentes. Es más se asegura que la Federal tiene una escucha telefónica en la que uno de los sectores iba a armar “una sorpresita”: ¿Era lo del drone con el fantasmita o algo más?
La pelea en “La 12” , según el mismo informe, está al rojo vivo porque una de las facciones -la de Lomas- se ha quedado con el manejo de los “trapitos” mientras los que dirige Fido recibieron una mayor cantidad de tickets para el partido lo que motivó el enojo del sector “oficial” de la barra.
Lo que debió haber sido la fiesta del año, con vencedores y vencidos, alegrías y frustraciones terminó siendo la crónica del papelón más grande que se recuerde.
Mientras la noche de la vergüenza del fútbol argentino daba la vuelta al mundo aquí los funcionarios responsables de la Seguridad buscaban los micrófonos para descargar responsabilidades en Boca, la AFA y la Conmebol.
Los dirigentes del fútbol se hacían los desentendidos y el DT de Boca, Rodolfo Arruabarrena, primero exigía respuestas sólo dentro del contexto deportivo y después fracasaba en su intento por convencer a los jugadores xeneizes de abandonar el campo junto a sus colegas de River.
Que el fútbol está enfermo no resulta novedoso y que todos contribuyen para empeorar el cuadro tampoco. Lo del jueves en la cancha de Boca marcó un punto límite en una semana que ya nos había golpeado con la muerte de Emanuel Ortega, un joven futbolista de San Martín de Burzaco, durante un partido del torneo de ascenso.
Todo lo ocurrido en la Bombonera debería servir para procurar de una vez por todas las medidas tendientes a encontrar el camino.



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