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El mensaje de cada
generación |
De una conferencia dada por Moisés Lebensohn
sobre los deberes de la juventud. |
Ocupo con verdadera emoción esta tribuna,
rodeada por un grupo de muchachos y muchachas, junto a hombres de vieja actuación en el Radicalismo, atraídos por un tema específïcamente juvenil. Como dijo quien me honró al presentarme, es una vieja preocupación mía esta de promover y organizar la acción de la juventud. No tuvo nunca un sentido político, en la acepción común de la política argentina. Tuvo un sentido profundamente humano. Mirando el panorama de la humanidad en sus vastas perspectivas, era evidente que después de la guerra del 14-18 asistíamos a la crisis de una civilización.
Aquí, en la Argentina, la marejada debía llegar un tanto más tarde, pero llegaría. Nuestra acción política inicial se vinculó a los esfuerzos del radicalismo de Yrigoyen por mantener sus perfiles originarios en la gran lucha que, primero sorda y después abiertamente, se libró desde 1922 hasta 1928. Pero tuvo expresión definida cuando los hombres de mi generación, que eran apenas muchachos, afrontaron el rigor y el fragor de la lucha después de 1930.
Habían llegado los tiempos amargos, y nosotros, que vivíamos los años de la mocedad, sentimos el estremecimiento de nuestra tierra y salimos a la acción. Esa juventud desconocida y desconectada que asomó el 5 de abril en todo Buenos Aires, fue el factor fundamental de aquel episodio extraordinario que demostró la voluntad democrática de nuestro pueblo, oponiéndose a las primeras tentativas de organizar el fascismo en el país argentino.
Comprendimos, enseguida, cómo debíamos colocarnos a la altura de la época. Los hombres jóvenes actuábamos en organizaciones locales, dependiente y accesorios de los comités de distrito, que, por sus propias limitaciones, no podían cumplir el papel creador que correspondía a una joven generación en el momento en que se encontraban en revisión y en crisis las estructuras del mundo.
Sostuvimos el derecho y el deber de la juventud de organizarse en un cuerpo de generación. En el ambiente pequeño, los esfuerzos no se orientan hacia una empresa nacional ni contemplan sus proyecciones mundiales. Quedan sepultados, casi siempre, en los choques secundarios de la política de campanario. Era necesario ligar la acción de los hombres jóvenes con sus responsabilidades provinciales y nacionales.
Era necesario crearles su propio escenario para que dieran, con autenticidad, el mensaje que cada generación trae como aporte propio e intransferible a la evolución de las ideas, por encima de la gravitación del pensamiento y de los intereses predominantes.
Un hombre joven está más cerca de la tierra, más apegado al suelo, e interpreta con mayor fidelidad los reclamos nuevos de cada época. El común de los hombres se vincula por vida a las ideas que prevalecían en su adolescencia. Nos asomamos a la arena política, recogemos un sentido de la vida y, salvo excepciones, ese sentido sigue imprimiendo su rumbo a nuestros actos.
En un momento de revisión profunda de valores era indispensable que la joven generación no estuviera encasillada en conceptos que habían hecho fracasar la organización del mundo. Podría, de este modo, revitalizar el tronco añoso del partido, trayendo su propio acento a la vieja lucha argentina y radical para la creación de un orden de vida guiado por los móviles de la justicia y la libertad.
Concebimos así esta organización de la juventud radical, que tiene antecedentes y paralelos en la juventud radical chilena; en los clubes de la juventud Demócrata, en Estados Unidos, que fueron el baluarte del New Deal, la grande empresa renovadora de la democracia del presidente Roosevelt; en las juventudes republicanas de España, que evocamos con emoción porque fueron las que en nuestro tiempo dijeron el mensaje de la libertad con mayor pureza, juventudes que ya no existen, juventudes que murieron sirviendo nuestro anhelo de un mundo nuevo frente al cuartel de la Montaña o en las cumbres de Guadarrama y entregaron sus vidas para contener el ímpetu fascista, mientras su sacrificio tocaba a somatén en la conciencia de los pueblos libres.
Quisimos adoptar este tipo de organización, y radicales de todo el país nos reunimos en Córdoba, en 1938, para concretar esta aspiración: crear un sitio de lucha para las nuevas formaciones y, al mismo tiempo, un lugar donde cada hombre joven que tuviera juicio propio y definición autónoma, pudiese ascender de las restricciones lugareñas a los planos provinciales y nacionales, para considerar los problemas de la República y cotejar y ensamblar su juicio con el de sus compañeros, señalando los requerimientos de la inquietud común.
Era la salvaguardia de un radicalismo en permanente renovación, que debía recoger, en cuajo, el aliento creador de cada etapa.
Nosotros conseguimos la norma, pero no su práctica. Quiso el destino que al inductor de la ley escrita le correspondiese la responsabilidad de imponer su vigencia en la provincia de Buenos Aires y de lograr en muchos distritos, y precisamente en éste, que los hombres jóvenes tuviesen la posibilidad de ofrendar en la acción lo mejor de sus espíritus.
Quienes entendemos que el Radicalismo es un cambio abierto hacia el porvenir, no tenemos temor ante el juicio de los hombres jóvenes. Lo queremos vehemente, enérgico y decidido, como tiene que ser la juventud.
Quienes no tenemos miedo al futuro ni complicidades con el pasado, queremos una juventud que pronuncie su mensaje con valor y vigor, no una juventud adocenada que cumpla con mansedumbre bovina las órdenes que llegan desde arriba.
Bienvenida su palabra para juzgar y para criticar. Bienvenida su palabra para acertar o para errar, porque vivimos en crisis y si alguna opinión vale es la de un hombre joven que no está sumergido en los sistemas de ideas que condujeron a la humanidad a la encrucijada en que se debate.
El primer
deber |
Editorial publicado en el
periódico Intransigencia, Año I, Nº 1, el 15 de mayo de 1951. |
Nuestro primer deber como radicales consiste
en definir nítidamente qué tipo de país queremos construir, pues sólo al aliento de los grandes móviles de una justiciera realización nacional el pueblo aceptará los duros sacrificios impuestos por la lucha que libramos. Que no haya un argentino, por humilde que sea, que no siente con certeza cómo serán los perfiles de la sociedad que edificaremos; cómo la organización de la economía, del trabajo y la cultura; cómo será la vida de los hombres, que tienen el derecho y el deber de saber qué será de su destino. Problema de doctrina y de conducta; sin aquélla, no se nos comprenderá; sin ésta, no se nos creerá.
Mientras ese objetivo vital no se alcance, y la perspectiva argentina se desnaturalice en la lucha en favor o en contra del régimen, el país seguirá corriendo los riesgos de permanecer en la demagogia o de caer en las acechanzas de la reacción. O de lo que sería aún peor para su futuro, en la desvirtualización del Radicalismo, que es un peligro mayor, porque de la demagogia o de la reacción podrá la República liberarse tarde o temprano si la Unión Cívica Radical, fiel a su origen y a su entraña popular, conserva la esperanza del pueblo, pero si ésta se pierde, todo será sombras y confusión, como aconteció en los días cercanos que trajeron tan dramáticas consecuencias.
¿Quiénes se benefician con el desdibujamiento de las finalidades concretas del Radicalismo? En primer término, las tendencias totalitarias, porque la imprecisión de los fines priva al pueblo de fe en los propósitos creadores de la democracia y facilita las falacias de aquellas. En segundo lugar, las fuerzas de la reacción económica y social, que sueñan con la expansión sin frenos de sus privilegios; y por último, y por qué no decirlo, aquellos correligionarios cuyo espíritu conservador elude compromisos con el mañana, que pretenden conciente o inconcientemente apartar al Radicalismo de su deber histórico y de su médula popular para convertirlo en un partido más, que defienda a la libertad sin contenido profundo y a la democracia restringida a sus aspectos formales, sin advertir que por ese camino tantas democracias cayeron en la ciénaga dictatorial. Y si esto es válido cuando se intenta soslayar definiciones, lo es mucho más, por cierto, cuando se ensaya la adopción de posiciones reñidas con el desarrollo nacional y el bienestar social.
Es esta red mañosa de intereses antitéticos, que se combaten entre sí, pero que se integran y complementan en el esfuerzo de trabar el avance del verdadero Radicalismo, la que oscurece los horizontes de nuestro país y mejor contribuye el mantenimiento de la situación actual. De ahí que sea ineludible el examen de nuestra realidad a la luz de la doctrina radical y que el debate interno para esclarecer el pensamiento radical constituya el más alto servicio a la democracia argentina.
Debemos mirar ante todo hacia adentro, hacia la Unión Cívica Radical, en el convencimiento de que para salvar a la Argentina es necesario templar previamente el gran instrumento cívico de su redención política y social. Creemos en el poder de las ideas y confiamos plenamente en la capacidad de nuestro pueblo y del Radicalismo para elevarse a las responsabilidades de la construcción nacional. Con estas convicciones plantearemos ante su conciencia las cuestiones que hacen al porvenir de la República y de la Unión Cívica Radical. Moisés Lebensohn.
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